Hoy es el cumpleaños de mi hermano. Vigesimosegundo cumpleaños. Veintidós el día veintidós. Felicidades D. Evidentemente te deseo que cumplas muchos muchos más. Y que yo los vea, eso si que va a estar bien. Sobretodo por el hecho de ser mayor que tú algunos años. A día de hoy no me importaría verte cumplir los cien. Cuando los achaques vayan haciendo de las suyas igual me lo pienso. Sí puedo asegurar que ahora desearía verlo.
Recuerdo aún a mi madre embarazada. Cómo días antes de dar a luz quedó atascada entre la puerta y el lavabo del minúsculo aseo. Llevaba un vestido pre-mamá verde, de lunares y cuellos blancos. El pelo negro rizado y las canas tan prematuras, y hoy escondidas entre caoba de fondo y multicolor beteado encima, vislumbrándose en la cabeza. Mi padre acudió al rescate. Con tiento deshizo el entuerto. Mi madre quedó liberada e intacta, lo mismo que la puerta y el lavabo. A los pocos días nació D.
Fui a recogerlo con mi padre a la maternidad del hospital el día que vino a casa. Ya había dado la noticia en clase. Ya era como mis compañeros y tenía un hermano. En el asiento trasero del coche estaba mi hermano en brazos de mi madre, medio pintado con mercurocromo. Llevaba algo blanco, con detalles azules, creo que de punto. Repetí no sé cuantas veces que parecía un león. No sé porqué el mercurocromo en su cara me recordaba a un león… cosas de la infancia. Mi madre soltó el toque de atención por mi desmesurada insistencia. Me espetó que era mi hermano, no un león. Supe que tocaba callarme. Ya de aquella me resultaba difícil, casi imposible, no es cosa de hoy, pero lo hice. Mutis hasta llegar a casa.
Tantas y tantas horas de vida juntos se han disipado entre muchos olvidos. Quedan algunos momentos, bastantes. Muchos instantes, muchas vivencias y sensaciones en veintidós años que se han quedado en la memoria. Es complejo seleccionar unos pocos. Haré lo posible por abreviar, aunque la visión sea sesgada. Ocurre siempre en las simplificaciones.
El día de su bautizo, refunfuñé contra mi madre por no haberme dado tiempo suficiente para hacerle la señal de la cruz en la frente. Para que comiera los purés y papillas tenía que chantajearle fingiendo mi muerte mientras mi madre metía con maña la cuchara en la boca. No era el pan nuestro de cada día, pero alguna vez hubo que recurrir a la artimaña. Poco ética la verdad. Muchas veces mi madre acababa metiendo la cuchara sin recurrir a la técnica, por el punto cruel. Enseguida dejó de creérselo. También se puso a comer como una lima. En pleno mes de agosto, de vacaciones en Alicante pidió sopa. Tenía casi cuatro años y había cuarenta y dos grados de temperatura. Comió sopa. Cuando empezó a la escuela no podía pronunciar bien el fonema de la erre. Un buen día llegó de clase y se pasó la tarde entera pronunciándo con gran énfasis el fonema erre, las palabras perro, rabo, barroso y algunas más que no recuerdo. Fin del problema de lenguaje. Estando en verano en una playa asturiana se cayó barranco abajo, rebozándose con mil arbustos y hierbajos espinosos. Mi padre saltó a por él como una exhalación. No les pasó nada que no curaran alcohol, mercurocromo y tiritas. Me pregunto que sería del Betadine por aquellos años, y que habrá sido de la obsoleta Mercromina…
El vídeo del calamar hubiera sido digno de Videos de Primera. Arús mismo se hubiera tronchado de risa. Fijo. De tanto jugar con un calamar en la comida de la boda de mi tío J. éste salió volando dirección desconocida y se depositó sobre otro de los comensales. La cara de D. era un verdadero poema. Cuando hizo la primera comunión se descalzó los zapatos en cuanto pudo. Era el único marinero con zapatillas deportivas negras. No hubo forma de convencerle. Para él, como para todos, pero hablamos de D. fue muy duro superar la muerte de R., nuestra bisabuela. Nunca le ví llorar tanto. No quisiera verle de nuevo así jamás. Tuvo un accidente de moto con mi padre en el pueblo mientras yo estaba en Italia. Le quedan cicatrices en una pierna. No les pasó nada grave, pero magulladuras y moratones tenían para dar y regalar. En el instituto comenzó a ligar a todo trapo. De no ser por su timidez hubiera tenido un currículo sentimental inmensamente mayor.
Estudió en un centro privado después de Secundaria, en la que anduvo peleado con el inglés. Tenia muy claro que no quería pisar la Universidad. Casi obligado a hacer la Selectividad (hoy PAU), mi madre y yo tuvimos que rebuscar entre algunos papeles para encontrar el código que había que introducir en la página web para conocer su nota. Mientras D. estaba tomando algo tranquilamente con los amigos. Subió nota por cierto, algo bastante difícil como sabe el respetable. Las neurosis de algunos de sus amigos y amigos contrastaban con su relajación casi ofensiva. Al acabar se pasó sólo quince días al paro. Le llamaron para un curso, y hasta la fecha de hoy y con un cambio de trabajo para mejorar económica y profesionalmente, esta trabajando en algo relacionado con sus estudios. D. es informático. Y aquí si que tuvo suerte. Suerte que merece, sin duda.
Quizás la cosa que más le ha acompañado y caracterizado siempre ha sido y es el fútbol. Apasionado hasta extremos impensables para mí, ha hecho de su afición más que eso. También es futbolista en un equipo regional. Tiene algunas fotos siendo poco más que un bebé con un balón de fútbol en las manos. Toda nuestra infancia de juegos en la calle lo recuerdo balompédico. No ha dejado en ningún momento de practicar ese deporte desde que tiene uso de razón. A mí no me gusta el fútbol. Creo que no puedo ser demasiado objetivo en este párrafo. Por eso sólo dejo el testimonio de una gran realidad. D. y el fútbol son casi uno.
Aunque no lo haya logrado, juro que he intentado ser breve. Que alguien resuma veintidós años de convivencia con su hermano en este espacio, si es más breve me quito el sombrero. Todo se resume a fin de cuentas en mis ganas de hacerle una felicitación de cumpleaños especial, ya que la camiseta no deja de ser material, y hoy, hoy está bien ser sentimental.
¡¡¡¡¡Felicidades!!!!!