Tuesday, November 14, 2006

Una historia no tan extraña

     Su nombre sabe a yerba, no necesita bañarse en agua bendita, mi niñez sigue jugando en su playa,  y está sentada en el andén meneando el abanico, esperando para subir la cuesta, que arriba mi calle se vistió de fiesta, allí, oirá sencillas y tiernas palabras de amor… Gracias Serrat por dejarme describirla.

     Al caminar el viento mece su pelo negro, leves latigazos de sus mechones color carbón golpean su cuello. El vestido juega vaporoso. Los ojos verde mar, hipnóticos. Las piernas suaves caminan por las pedregosas callejuelas que pisa con armónica cadencia. El cuerpo entero evoca la perfección de la carne. Se gusta. Se quiere. Al resto de hombres les pasa lo mismo al verla. Además la desean. Sus dedos largos y finos acarician las perlas del collar, deslizándose entre ellos cual cuentas de un rosario que impúdico resbala entre el canal de sus pechos. Juega a desaparecer escote abajo.

     Odiada y querida por igual. Lo más parecido a la mujer perfecta. Cuerpo perfecto. Vida tapada. No la voy a descubrir. No la conozco, aunque como tanta gente en el pueblo mataría por un segundo de su atención. Llega a su trabajo con los cinco minutos de retraso que necesita para que las calles la vean, sientan su presencia, se impregnen de su aroma natural a fruta fresca, a jazmines y claveles, a perfume de hombre de una noche según las envidias.

     La mujer diez ha dejado de ser Bo Derek, al menos en el pueblo. La mujer que sale del mar cual Ursula Andrews o  Halle Berry y posa mojada a lo Anita Ekberg, vive al final de la calle, cerca de la Plaza Mayor, y camina al trabajo. Abre su negocio. Los ojos de los viandantes se clavan como afilados e hiriéntes cuchillos sobre su cuerpo al agacharse para subir la persiana metálica. Un hombre mira con especial brillo en los ojos. La mujer para la que siempre es verano no lo nota, no lo sabe, pero hoy la contemplan unos ojos pardos que reflejan malos sentimientos.

     Los dientes blancos y grandes como teclas de piano aparecen tras el mostrador, rodeados de unos labios carmín metálico, gruesos, seductores, de puro pecado, de eterno deseo. El hombre de los ojos encendidos con el color de la ira irrumpe con brusquedad en el comercio. Grita la palabra por excelencia del vilipendio a la mujer. Puta. Saca la pistola y dispara a bocajarro sobre su pecho. El collar se rompe, el vestido se quema, el cuerpo se perfora por el metal. Retrocede, se estampa contra la pared. Brota la sangre, los ojos se giran al cielo. La boca expele la última bocanada de vida. Cae muerta deslizándose pared abajo. Y él, él se queda allí, contemplando la escena con un jadeo nervioso por respiración. Y ella yace muerta.

     Hágan mil cábalas sobre lo sucecido. Un desamor, una traición, una venganza, un abandono… Lo que sea, no importa. Importa que una mujer ha muerto sin saber porqué. Importa una barbarie cometida con o sin motivo. Motivo para una riña, una charla. Nunca hay motivo para una muerte. Para ella la vida se acabó injustamente. No pensemos más en motivos. No nos lamentemos tontamente. Sólo hagamos algo para que estas cosas dejen de pasar.

     Para todas las mujeres que sufren malos tratos.

Posted by Purga de mente at 22:48:32 | Permalink | Comments (1) »