Wednesday, November 15, 2006

El bus sin blues

     Hoy ha sido un día de mucho transporte público. De bus urbano concretamente. He visto a una mujer que me ha impactado mucho, y ello me ha hecho pensar en todas las personas, unas anónimas para mí, y otras no tanto, que he visto y sigo viendo en tantos años, tantos viajes y tantos kilómetros subiendo y bajando la ciudad. Por eso desgloso en estas líneas parte de lo que he visto y recuerdo de esos momentos de vaivén, unas veces en soledad, deseada u obligada y otras en compañía de personas cercacanas o de música, libros o simples cabezadas de cansancio.

     La mujer que me impactó esta mañana lo hizo por su labio inferior y su lengua. Muy hichados, morados, tumefactos. Dificil no mirar, al menos de reojo. No es una imagen agradable. La señora rondaría los cuarenta y tantos. Unos la miraban con descaro, otros más inmersos en su mundo interior ni siquiera abrian los ojos, otros al descubrirla cambiaban el gesto y miraban con más atención o desviaban sus ojos con gesto desagradable. Primero intuí y luego supe feacientemente que la pobre mujer padecía un cancer. Lo abultado, prominente, desbordado de la zona. Hablaba con una dificultad que resultaba angustiosa ante las preguntas de su acompañante casual, una mujer mayor, de pelo blanco violáceo y supongo conocida o vecina. Le preguntó si venía de darse la radio o quimiterapia, no puse la oreja tanto, y que tal estaba. Me sorprendió que la mujer no llevara vendada la zona. Le deseo una pronta y total recuperación.

     No todas las personas que uno se encuentra en estos lares son peculiares por desgracias. En esta misma línea de autobus vi los ojos mas bellos que haya visto jamás en persona. Incluso superiores a los verde puro y claro de mi madre. Eran unos ojos azules, azul increible, garzo que diría Clarín. Brillaban como nunca he visto brillar unos ojos. Miraban vívamente a todos lados. Eran grandes, muy grandes para la cara que ocupaban. Una mujer joven, muy joven, quizás 18 o 20 años. No más.  Estuve a punto de posarme en su misma parada, hipnotizado por semejante azul, para evitar el síndrome de abstiencia que me provocaría su ausencia. Guapa era un montón. Pero sus ojos… sus ojos son los ojos…

     A partir de estas fechas los autobuses se llenarán de señoronas cubiertas de pieles y olor a naftalina y perfume mareante. Viajaré más en coche, o en tren. Sentadas a tu lado sientes que te ataca una manada de visones, zorros astracanes y hasta conejos que han pasado en el armario demasiado tiempo, y que para su salida se han bañado en un perfume dulce y rancio que sólo es capaz de hacerte fruncir la nariz. Con gran desgana recuerdo a una señora de quien llegué a pensar que se sentaba a mi lado a posta. Aunque el bus estuviera medio vacio, o vacio del todo, ella y su visón marrón alcanforado se sentaban a mi lado, arrinconándome contra el cristal mientras mis pituitarias gritaban aguerridas por semejante atentado en forma de colonia indescriptible.

     Los borrachos son otros personajes no tan extraños en ese lugar al que la cación le dedicó un blues. Los he visto entrar a escondidas por las puertas de salida, cartón de vino en mano y zarandeandose con un equilibrio apenas existente pero eficaz. La uva mal tomada puede ser muy pero que muy mala. Un caso que puedo narrar es el de joven ebrio que habiéndose pasado de parada, al despertar se puso a gritar como un loco preguntándose donde estaba. El chofer paró casi de inmediato y le ubicó de momento. Estas en la calle, bajate ya, apostilló. Se bajó, y se quedó observado por montones de ojos en la acera, gruñendo y vilipendiando ya sabemos a quien.

     Uno de los grupos con los que más me divierto, por su desparpajo y capacidad de escandalizar al personal son los chavales. Término un tanto ambiguo con el que pretendo describir a los actuales estudiantes de ESO, ese rango de edad aproximado es un chaval. Recuerdo en este momento a dos alumnas de un colegio concertado muy conocido de la ciudad, comentando su jugada de fin de semana. Iban a decir en casa que la una que se iba a casa de la otra y viceversa. Que mentira de libro. La realidad bien sabida era una fuga a la disco de moda, el estreno de un tanga y la puesta de la raya en el ojo. Medio bus escandalizaba y el otro medio sosteníamos la risa como podíamos.  - Tía es que mi madre es una antigua, me tuve que comprar el tanga a escondidas y robarle el rimmel a mi hermana. Por cierto, vaya bueno que está el camarero de… Si me pillo el punto le entro -. No usaré frase tópicas en este punto.

     Por último y para no alargar como de costumbre, demasiado estas palabras hablar de los ausentes. Son los y las que van con su libro, su mp3, i-pod o cd ensimismados en su mundo. Algunos como el chico de melena que siempre estaba en el bus cuando yo entraba, llevan a tal volumen lo que escuchan que eclipsan las conversaciones de los demas entre nota y nota de su chunda-chunda musical.

     Aqui aparecen algunas de las personas cuya presencia en un autobus urbano han hecho que me fijara en ellos, no conozco si ha habido reciprociad, y que han dado vida al post de hoy. Seguro que la gente que lea estas palabras conoce a muchos más. Recuerdenlos. Buenas noches.

     Saludos a tod@s.

Posted by Purga de mente in 22:07:14
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