Saturday, November 18, 2006

La cena de anoche

     Ayer salí a cenar. Poca novedad, suelo hacerlo con la máxima frecuencia que deja mi economía. Esta vez sin embargo, no me iba a costar nada. Como en el anuncio del supermercado. No me cuesta nada de nada. Nada de verdad. A las siete de la tarde salgo corriendo del bar donde tomaba algo tranquilamente para recomponerme en los cuarenta y cinco minutos de los que disponía hasta que J. viniera a buscarme.

     Afortunadamente todo mi atuendo de anoche se encontraba en perfecto estado de limpieza y planchado, algo que agradecí verdaderamente. No se que hubiera podido hacer en una cena que se me antojaba de mucho postín de no haber sido así. El pelo. Mierda, debería de haberlo cortado. Voy con el tiempo pisándome los talones, no estoy para esas cosas. Me miro al espejo y hago lo que puedo con ayuda de la gomina, el peine y un secador. Mi nivel de convicción es escaso, pero J. toca la bocina y tengo que salir pitando. He dejado cargando la batería de la cámara un rato, la cojo. Los kleenex y un peine por si las moscas. Me perfumo, llevo conmigo un dosificador de colonia y salgo. J. ya está esperándome en su coche nuevo. Nos vamos. Comienza la noche.

     Aparcar en esa zona de la ciudad es una verdadera odisea. Solución, parking. Queda a una buena distancia del hotelazo en el que se celebra el homenaje. En el coche hemos comentado lo bien que nos sientan nuestras vestimentas y cuan bien olemos. Si llega a subirse una tercera persona supongo que hubiéramos acabado devolviendo ante tanta conjugación de esencias. Éramos dos. J. y pareja según las invitaciones. Subimos caminando el no tan corto trayecto entre algunas miradas disimuladas y otras de intenso cotilleo desde el parking al lugar de la cena. Destaco que fueron varias las personas conocidas que nos vieron a J. y a mí caminar por las calles de la ciudad y nos preguntaron a donde nos dirigíamos con semejantes atuendos. Están faltos de costumbre de vernos elegantes. La entrada al hall previa petición de invitaciones fue la primera impresión de lujo de la noche.

     Un paseo de trajeados y serviciales camareros portando copas de cócteles, vinos, champanes y aperitivos serpenteaba entre los grupillos de personas que se reunían en la salita previa al salón en el que después cenaríamos. La persona homenajeada no me es en absoluto extraña, si bien no me había invitado directamente deslizándome una de las invitaciones a la cena, sí lo había hecho previa llegada a casa de un enorme tarjetón anunciado tal evento. Pasando por caja, claro. No estaba la economía para grandes displicencias. El homenajeado es un amigo de la familia de los que podemos definir “de toda la vida”. Se le dedicaba el acto por su retirada de la carrera deportiva profesional.

      Nada más entrar en el hotel nos unimos a un grupo de conocidos que ya habían llegado. me hizo ilusión que estuvieran allí esos amigos y amigas. Cayó el primer cóctel de la noche. No tengo ni idea de cuales eran sus ingredientes. No me importó, tomé otro par más mientras esperábamos la llegada de los demás. Llegar en primer lugar e irse en último es de lo que mejor se me da. Sobretodo en actos en los que la entrada supone un desembolso de un buen montón de euros por una cena. No me costaba nada, pero los demás no tienen que saberlo, además, así no pierdo la costumbre de amortizar el gasto.

     Saludamos al homenajeado, a su familia y al resto de amigos. Por la escena deambulaban señoras con sus mejores galas y caballeros con corbatas acertadas o no, algún fashion victim y personajes populares regionales e incluso famosos nacionales. Famoso de verdad, por su profesión bien hecha. Después de una espera distendida de charla con unas cuantas personas del casi par de centenares que nos encontrábamos en aquella sala beige de ricos mármoles y granitos, fuimos entrando al salón propiamente dicho. A cenar, que iba siendo hora. Los canapés previos me habían abierto el apetito.

     Nos colocamos en mesas redondas, buscando el cartelito que ponía nuestros nombres. Mi cartel decía “Pareja de J.” Me resultó simpático. No sé si a su verdadera pareja le hubiera gustado tanto. No que yo fuera su pareja de esa noche, eso aseguro que le da igual, lo sabía, me propuso a mi para sustituirle. El hecho de que fuera solo “Pareja de J.”, sin su nombre en el cartelito. Compartimos mesa con otras ocho personas, cinco de ellas amigos y amigas, los otros tres no tardaron ni un segundo en abrirse al grupo. Un famoso empresario local, su esposa de risa fácil y conversación agradable, y un intelectual de familia bien.

     La cena fue simplemente genial, un menú verdaderamente genial, de gran lujo que no desgloso por educación. Se disiparon nuestros miedos a una cena tremendamente frugal de cocina de autor que nos hiciera salir con cara de hambre del evento. No hecho por tierra la labor de los grandes cocineros, jamás dudaré de su valía. Lo único que destaco es la pequeñez de sus estómagos y lo abultado de sus precios. Pero no fue así. La cena regada con unos vinos carísimos y estupendos según los conocimientos enológicos de uno de nuestros amigos, fue sobradamente abundante. La localización genial, un salón amplio, luminoso, perfumado, con música ambiental y rezumando lujo por cada rincón.

     Al acabar la velada se emite un video recordando desde los inicios hasta el fin, pasando por los momentos estrella, de la carrera deportiva del homenajeado. Después entrega de un buen montón de condecoraciones varias. Más de veinte. Aplauso va, aplauso viene. Champán va, champán viene, para tomar energías para tanto palmeo de manos. Por último los discursos de las autoridades locales políticas y deportivas. Yo más aplausos, y más champán, claro. Por último el discurso del homenajeado. Precioso, con su punto justo de emotividad y la que para mi fue la sorpresa de la noche.

     Hizo levantarse a J. de mi lado y subir al estrado para darle unos regalos personales, por su amistad y la ayuda en ciertos momentos de su carrera profesional. J. con su sangre de horchata puso cara de alucine. Sin embargo subió al escenario y mantuvo una sonrisa perfecta delante de las cámaras que grababan el acto y los flashes de prensa que lo inmortalizaban. A mi, culpa quizás de los cócteles, los vinos, el chupito y los champanes se me depositó una cantidad de agua sobre los ojos por encima de lo normal, pero que no salieron de los mismos pómulos abajo, al ver a J. en el escenario. Yo que me creo valiente había sido transfundido por la horchata sanguínea de J. sin haberlo notado. J. me había robado parte de mi sangre fría para ese momento y tampoco me había dado cuenta.

     La velada, como no podía ser menos acabó a eso de la una y media de la mañana con todo el mundo en pie aplaudiendo con toda la fuerza posible al protagonista de la noche, y la despedida, previo abrazo y fotos finales, para irnos al bar de copas en el que la noche se prolongó para muchos de los allí presentes, como J. y yo, un buen trozo más.

     Fue a fin de cuentas el de ayer un buen día que acabó en este evento de gala, lujoso y emotivo que describo con todo este montón de palabras (Hoy me he pasado), que quien quiera puede leer. Saludos y gracias a tod@s.

Posted by Purga de mente at 22:42:52 | Permalink | No Comments »

Café y bizcocho

     Ayer he conocido a Gonzalo Suárez. En persona claro. Es un señor estupendo, de lo mejor, de charla afable y paciente. Estos días está rodando escenas de su nueva película en la ciudad. Yo casualmente estoy leyendo su libro El hombre que soñaba demasiado. Digo casualmente porque estoy leyéndolo no porque él se encuentre por estos lares. Quizás el subconsciente haya jugado un papel importante a la hora de que escogiera de los miles de volúmenes de la biblioteca pública este libro autobiográfico. Eso no lo pongo en duda. Ya había leído antes, y visto en el periódico que filmaría parte, no se si toda, su nueva película por aquí. El libro está bien, me gusta, aunque a veces cueste seguir ciertos pasajes un tanto retorizados.

      Bajaba caminando por las calles del centro, libro en mano, cuando me pareció ver un grupo de gente reunido un tanto abundante para la hora y el lugar. Pronto tomé cuenta de que en aquel cruce había un camión con un nombre pintado el los laterales de la caja con alusiones cinéfilas. Los carritos de catering portátil, con leche y café en enormes aparatos, y las mesas sobre las que se depositaban pastas, bizcocho y algunos alimentos más de un tentempié típico. El semáforo estaba en rojo y por eso pude ir apreciando poco a poco todo. La policía presente controlando, unas cámaras, cables, muchos cables, y la famosa joyería de la esquina con las puertas abiertas de par en par. el semáforo se pone en verde y frunzo en ceño al cruzar. Creo haber visto a Gonzalo Suárez entre la muchedumbre al otro lado del paso de cebra, pegado a la entrada de la joyería. Al llegar al otro lado me topo con la realidad. Allí estaba el director y escritor con su barba blanca y su expresión bonachona.    

     La gente que me conoce sabe perfectamente que la timidez no es una característica definitoria de mi personalidad. Zigzagueo entre todos y llego directamente al lado de Don Gonzalo. Lo he llamado así al darle la mano y decirle que estaba leyendo su libro. He dicho que me gustaba porque es cierto. Se lo muestro, mientras aprieta mi mano con gesto de sorpresa y creo que agrado. Me agradece que lo esté leyendo y esboza una sonrisa entre su prominente barba blanca mientras creo que se siente un poco asombrado. A mi me pasa lo mismo, la casualidad es mucha. y en este caso gustosa.

     Me comenta que es un libro difícil, hablar de uno mismo no es precisamente sencillo. Me imagino que eso es cierto. Abrirse en canal ante la opinión publica sin ser un famoso egocéntrico, tiene cuanto menos que dar repelus. Propone firmarme el libro. Dudo. Es de la biblioteca. Sigo dudando cuando le digo que precisamente es de la biblioteca. Me dice que no lo devuelva con media sonrisa. Me lo estoy pensando. Al final firma. Firma y dedica. Le hablo del pasaje de la Marquesa, Severina, el que leo en estos mismos momentos. Curioso personaje puntualiza, mientras pasa la mano por mi espalda ofreciéndome un café y un bizcocho, como el resto de los figurantes a la hora del descanso. No lo dudo y acepto. Me tomo el café con leche y bizcocho entre sonrisas extrañadas y cómplices de figurantes y pululantes que miran tanto o más al libro que a mismo.

     Acabo y respondo con sonrisas a las que recibo de tantas otras personas. Desconozco si alguna se encuentra en la misma casualidad que yo. Vuelvo a acercarme a Gonzalo Suárez. Me da las gracias. No veo porqué y se lo digo. Las gracias se las doy yo a él. Le ofrezco la mano para despedirme y me la aprieta, fuerte, sereno, con gesto amable. Me pone su otra mano sobre el codo y me ofrece una sonrisa boachona a la que respondo con otra de igual calibre. Me voy, y sigo bajando por las calles del centro de la ciudad. Pienso en lo que son las casualidades de la vida.

     Este post debería de haberlo colgado anoche. Fue totalmente imposible. A las siete de la tarde estaba tomando algo en un bar. Recibo una llamada de J. Se ha quedado sin pareja para la cena de gala homenaje a una persona conocida. Fiebre y gripe incipiente con reposo en la cama son los motivos. Ponte un traje y unos zapatos de vestir. Hago caso sin dudar y huyo en espantada del bar para recomponerme en los cuarenta y cinco minutos que me quedan. A J. no puedo fallarle. Además ya tengo algo que contar para el nuevo post. Saludos a tod@s.

Posted by Purga de mente at 16:20:07 | Permalink | No Comments »