Friday, November 24, 2006

Viernes de mercadillo

     Llevaba una buena temporada sin ir al mercado. Los viernes cerca de mi casa se despliegan multitud de puestos en los que se encuentra casi de todo. Hoy tenía tiempo libre por la mañana y me apetecía pasarme por allí. Moverme entre multitud de gente de mi ciudad. Entre holas y adioses y algunas paradas con gente conocida y amigos. Comprar alguna cosa. Lo de siempre. El ritual del mercadillo de los viernes. Me gusta.

     Nada más llegar me encuentro con S. Parece ser que ayer no tuvimos suficiente con tres horas de charla. Recorremos juntos el mercadillo. Me pide consejo para unos pendientes. Compra los que más me gustan. Le advierto, como en muchos programas televisivos, que no me hago responsable de su acto. Llega M. y alude a la buena compañía que llevo. Río condescendiente, con ganas de mandarla a la mierda que dejo en el cerebro y no bajo a la boca. S. va más allá. En cuanto su silueta se diluye entre el gentío pone cara de verdadero asco y gesto de mala leche. Suelta algunos improperios. Ahora si que sonrío sincera y ampliamente.

     Al pasar por delante de una frutería recuerdo que le he prometido a mi abuela que compraría mango. Le gusta el mango. Lo ha descubierto hace poco y ahora lo come sin parar. Cola entre un buen montón de amas de casa cesta en ristre. Compro un mango bien grande y maduro. S. dice que a ella le resulta excesivamente dulce. A mí me gusta mucho. S. compra una piña. Los dos flipamos con los veintidós euros que cuesta un kilo de cerezas. Si la gente me mira con cierta extrañeza cuando pido mango, caquis, granadas, papaya, guayaba, coco o cualquier fruta tropicaloide  o de bajo consumo por estos lares, no quiero ni pensar que caras pondrían si pidiera cerezas. Me hubiera gustado provocar al personal, sin embargo no soy ni tan rico, ni tan snob, ni tan gilipollas como para pagar eso por unas cerezas. Me aguanto y espero a la temporada. Tenemos unos cuantos cerezos en el pueblo.

     Nos encontramos con A., compañero de facultad reconvertido en Policía Local. Pega un repaso visual a S. Hablamos de nimiedades. Me pregunta que si andan los de la manta con los cd’s. Le digo q no soy un chivato y se marcha con su fluorescente compañero a seguir la ronda. Le recuerdo que ya que es funcionario invite a tomar algo a los que seguimos intentándolo, para animar sobretodo.

     En un puesto de abalorios veo una pulsera. S. un colgante. Preguntamos. Compramos. Tengo pulsera nueva, me la ha regalado S. y yo le he regalado el colgante. Cuestan lo mismo. Decimos que nos lo hemos regalado mutuamente para dar un leve barniz de emoción a un acto tan normal como comprarse una baratija de mercadillo. Bien bonita, por cierto. Al pasar por un puesto de flores y plantas nuevo desembolso. Compramos sendos pensamientos. Miro la cartera. Estoy quedándome sin un euro. Como de costumbre.

     Tomámos un café rápido, con un pincho. El mostrador de la cafetería despliega una riqueza gastronómica que ayuda a abrir el apetito. Una señora mete compulsivamente monedas en la tragaperras. Compulsivo quiere decir que ha cambiado un billete de cincuenta euros en monedas. La máquina traga y traga, que es lo suyo. Premiar en media hora no premia nada.

     Nos despedimos. Cada uno recoge sus bolsas y emprende rumbo a casa. Yo tengo que hacer la parada técnica. Técnicamente estoy quedándome sin dinero, y tengo que pasar por el cajero. Saco unos billetes y apuro los últimos pasos para llegar a casa. Ha comenzado a llover. Apenas ha parado desde entonces.

     Un saludo para tod@s.

Posted by Purga de mente at 20:00:06
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