El viaje de mis sueños
Esta mañana he llegado de Paraguay. He llegado de golpe. Al despertarme estaba súbitamente en mi cama española. Transportado a través del Atlántico en un segundo. Abandoné el local de pareces ocres y sillas viejas para reposar plácidamente sobre mi colchón. Me ha costado, eso sí, reubicarme a este lado del mundo.
Anoche no me acosté precisamente temprano, por eso caí rendido en poco tiempo. No sé, porque creo q no se sabe nunca, cuanto tiempo estuve en el mundo onírico. Los tiempos reales y de los sueños son muy dispares. Digo esto por la cantidad de tiempo que sentí pasar inmerso en el viaje onírico.
Entre las sábanas llegué sin saber porqué a Asunción. Las calles de la ciudad se asemejaban mucho a las que pisé tiempo atrás en el Caribe. Árboles de hojas grandes con las raíces reventando el asfalto de las calles siendo estrangulados por ficus trepadores. Casas de fachadas desconchadas. Hubiera jurado sentir incluso la atmósfera excesivamente cálida golpeando mis pulmones. Caminaba por las calles acompañado de un grupo de personas. No tengo la menor idea de cual era el motivo de mi estancia en Paraguay. Desconozco también que estaba haciendo por las calles tan similares a las de La Habana.
Llegué a una enorme casa en la que me recibieron unos criados ataviados con guayaberas. Recordé a García Márquez, que no apareció por el sueño. En la finca, tapizada de verde intenso había variedad de aves caminando por el suelo. Muchos árboles, no sabría decir que clase, y una enorme fuente en la parte trasera. Nos sentamos un nutrido grupo de personas alrededor de una mesa en la que había una bandeja con frutas tropicales y café listos para degustar. Repanchingado desde el sillón de mimbre, tan grande como los que usaba Alberti, me reincorporé para tomar un trozo de papaya. Recuerdo haber preguntado si allí la llamaban así. En Cuba se llama papaya a la vulva femenina, la fruta es la Fruta Bomba. En Asunción, al menos en mi sueño, vuelve a denominársele papaya. La recuerdo especialmente naranja y jugosa.
Un salto onírico. Súbitamente estaba entrando en una casa de colores llamativos. Una valla enorme pintada de color negro se mostraba como la antesala de una sorpresa. Acompañado por alguien, desconozco quién, que hacía de guía, atravesé el hall, en el que había un nutrido grupo de personas de color. A la izquierda de la sala posterior al hall tomamos un pasillo y llegamos a una sala. Reinaba la penumbra, aún así distinguía las paredes ocres con el papel que las cubría ausente en algunos tramos y roto en otros. Las sillas viejas, de madera color vainilla y estructura metálica color marrón oscuro. En algunas había mujeres sentadas, y en una de ellas estaba I.
I. vino conmigo a clase en el colegio. Desde que lo dejamos la habré visto en no más de seis o siete ocasiones. Pero esta noche ha aparecido en mi sueño. Me costa que en la realidad está casada hace unos años, de hecho la última vez que nos vimos, creo recordar que en Agosto hizo un año, iba acompañada de su marido. I. estaba sentada en una de las sillas, pegada a la pared derecha de la estancia. Me puse frente a ella y nos saludamos. Su melena pelirroja seguía igual de larga y con el mismo peinado. Ante mi estupefacción le pregunté que hacía allí. Como si fuera común que yo estuviera en Asunción. Respondó que se había casado hace unos años con un paraguayo, y que estaban viviendo allí desde hace otros pocos años.
El sonido de la televisión en el salón y la claridad de la luz del día entrando por la puerta abierta me trajeron de nuevo a este lado del mundo. Con la misma velocidad con la que me había ido. Volvía a yacer un tanto descolocado en mi cama, bien arropado. Revisé cuidadosamente, con los ojos medio cerrados, mi entorno. Rasqué mi cabeza. El sueño se había acabado, estaba despierto, bueno, despertando.
No tengo ni la menor idea de donde está I. Jamás he ido a Paraguay. No sé cuándo volveré a ver a I. Supongo que no conoceré Asunción al menos en un plazo de tiempo corto. Se me han abierto las ganas, eso es cierto. Los supersticiosos comentan que da mala suerte contar los sueños después de haber desayunado. A mí, que estoy a punto de salir a cenar fuera, y que me gustan los gatos negros, el número trece y el color amarillo, no me importa lo más mínimo contar mi extraño sueño. Al fin y al cabo ya se sabe, la vida es sueño… y los sueños, sueños son. Si no meto esta frase, un tanto tópica y más típica, de Calderón de la Barca en este post, reviento.
Que les vaya bonito, sueñen y disfruten.