Saturday, December 9, 2006

Regalos navideños

     Mi abuela y yo regresábamos de Buenos Aires. Habíamos pasado las Navidades a temperaturas realmente extrañas en estas latitudes. También habíamos cumplido su mayor deseo desde que quedara viuda. Pudo cambiar de año con su única hermana. Pudieron compartir las fiestas, sus cumpleaños, la argentina a finales de año, la española a principios, pero sobretodo se tuvieron durante quince días la una a la otra. Para ambas algo que no tiene precio. Algo que cree que no puede no repetirse.

     Cuando se le ocurrió la idea sus hijos y nietos pensamos que se trataba de una broma, más aún ante lo poco que le gustan los aviones a mi abuela. De sobra conocíamos la ilusión que tenía de ver a su hermana, de quien se había separado hacía más de sesenta años, y a quien no había visto desde hace veinte años, cuando la porteña cruzó el Atlántico de vuelta a la madre patria ante el inminente fallecimiento de mi bisabuela. Pronto nos confesó que no se trataba de ninguna locura de vieja chocha. Realmente estaba pensándolo, a decir verdad ya lo había pensado y maquinado todo. Hizo unas llamadas a la primera agencia que encontró en la guía telefónica y después diversas cábalas hasta la sobremesa de Noviembre en la que nos sorprendió con la noticia.

     Sin pretender hacer distinciones entre sus hijos y el resto de nietos, todos allí reunidos, en la gran cocina de la casa viendo la tarde deshacerse en aguas, hizo saber, que siempre que dispusiera del tiempo y de las ganas, yo la acompañaría. Los argumentos sencillos, mi ilusión infinita. Soy el mayor de los nietos, y por otro lado el único familiar que dispone de unas abundantes fiestas en estas fechas. Ella no se veía capacitada, ni tenía ganas de realizar el viaje en soledad. Estupefacciones aparte, incluida la mía, a la semana siguiente habló con su sobrina, cómplice de la sorpresa que se le avecinaba a su hermana, desconocedora de nuestra llegada; compró los billetes y comenzó a soñar, bueno, comenzamos ambos.

     El día veintidós de Diciembre salimos de Madrid. A mi abuela le había tocado el Gordo de la Lotería sin haber visto un duro. Lo que le esperaba tenía mucho más valor que todo el dinero del mundo. El vuelo cargado de ilusiones y recuerdos aflorando a cada instante como icebergs en aguas polares. La maleta repleta de fotos. Mi abuela adora las fotos. Muchas tardes, sin un porqué concreto se sienta a repasar una a una los miles, cuando digo miles crean que no exagero, de fotos que despiertan tantos recuerdos.

     Al llegar, tras doce horas de un vuelo un tanto agitado, al Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini no sé cual de los dos estaba más nervioso, si ella o yo, que contagiado del brillo de sus ojos verdes repletos de ilusión había empezado a sentir flojera en las piernas. Las maletas por una vez no salieron las últimas. Nuestras respiraciones agitadas ante el momento que se avecinaba se habían acompasado. Los latidos se aceleraban según nos acercábamos a la puerta frente a la cual esperaba su sobrina cartel en mano.

     Son demasiado complicados de expresar con palabras, demasiado íntimos los sentimientos que se produjeron en el primer encuentro. Ni que decir tiene que tampoco desvelaré lo que aconteció en aquellos quince fabulosos días. Sólo hay que decir que fueron absolutamente felices, imposibles de repetir. Inimaginables. La sorpresa de la emigrante afloró en forma de lágrimas de felicidad mayúscula. Se fundieron en el abrazo más conmovedor que yo pueda recordar. A partir de ese momento, dos semanas en Buenos Aires. A mí se me hizo raro pasar esas fechas tan lejos, no fue nostalgia lo que sentí, lo definiría más como extrañeza ante lo desconocido. Ver la felicidad de las hermanas sobraba y bastaba para que no pensara siquiera en mí. No se separaron un segundo. Además, no añoré nada el frío al que estaba acostumbrado en esta parte del mundo. El turrón un poco, lo confieso.

     A la vuelta, como comenzaba esta historia, regresábamos satisfechos, con sensación de haber cumplido un sueño, haber vuelto realidad una ilusión. Mi abuela hubiera dado lo que se le pidiera para que su hermana, también viuda, regresase junto a ella. No quiere, y lo comprendemos. Allí está enterrado su marido, emigrante italiano, su hija, profesora universitaria también viuda, sus nietos gemelos, uno a punto de casarse, y sobretodo su vida. Sesenta años en los que ha habido de todo, bueno y malo. Sesenta años que son muchos. Sesenta años cinco meses y siete días, toda una vida.

     A la vuelta sin embargo, mi abuela desconocía que en mi cabeza había comenzado a urdirse un plan, un plan que al resto de mi familia ha parecido en principio un poco extraño, pero en el que hemos puesto toda la ilusión del mundo, todo el empeño. Mi abuela es ahora la que desconoce que en pocos días volverá a reencontrarse con su hermana mayor. Esta vez a este lado del mundo.

Posted by Purga de mente at 19:37:52 | Permalink | Comments (1) »