Creo que existen días en los que las casualidades se condensan de una forma que si no fuera por mi escepticismo, podría considerar extraño, superior a la normal. Lo mismo es eso que algunos llaman destino. Llevas sin ver a algunas personas mucho tiempo y te encuentras con varios el mismo día, incluso al mismo tiempo. Llevas tiempo sin hacer algunas cosas, o sin comer algo, y en una sola jornada todo surge. Algo así me ha pasado hoy.
La mañana se presentaba laboralmente relajada, así que accedí a la petición de mi madre. Tenemos una boda y hay que comprar ropa nueva. La excusa es que miraríamos algo para los dos. Yo sin embargo sabía de sobra que me iba a pasar un buen rato, por no decir que imaginaba que comeríamos fuera, de tienda en tienda y de modelo en modelo. Acepto a cambio de un café y pincho a media mañana, pensando que también caerá la comida sin que haya comprado nada, ni yo haya siquiera pasado por delante de algún comercio en el que vendan trajes de caballero.
Salgo caminando del laboratorio para reunirme con mi madre en una de las principales calles de la ciudad. Las tiendas de ropa brotan por doquier y algo me dice que visitaremos unas cuantas en las que las amabilísimas dependientas van a echar el resto para colocarle ropa de firma con precios ingentes. Me va a tocar caminar, por eso ya llevo calzado cómodo.
Bajo tranquilamente y a la altura del hospital me encuentro con B. y M., padres de I. Hace unos dos años que no los veo, quizás más. Siguen como siempre. Si a mí se me considera extrovertido lo de B. es alucinante. Profesional de la vida social. A B. acaban de operarle. Cirugía ambulatoria. Anestesiar, rajar, sacar, coser y para casa. En eso andaban. En eso y en una riña, como siempre. Le acababan de extraer un bulto generado por uno o varios pelos de la barba, que tozudos ellos decidieron creer hacia dentro y enquistarse. B. lleva barba y la discusión, de la que me hicieron partícipe tras los besos y abrazos. M. insiste en que se la quite, y él dice que ni hablar. Hoy mismo salía de operarse solamente con un rectángulo de barba afeitada, sobre la que extirparon y cosieron dos pequeños puntos. Les dejé dilucidando sobre el tema, tenía que dar el visto bueno a un montón de ropa.
En una plaza céntrica me tropiezo literalmente con P., otra a la que llevo sin ver desde el verano. Preguntas rutinarias acerca de la familia y hasta luego. Cien metros más abajo, llegando a destino encuentro a M. Es a quien menos llevo sin ver de los tres, una especie de cronómetro de encuentros, de lo más lejano a lo más cercano. Nos hemos visto por última vez en una cena homenaje de la que escribí un post allá por Noviembre. Alucino de lo moreno que está. La razón se me aclara en cuanto pregunto por semejante color.
Veinte días haciendo un reportaje en el Caribe. Una envidia no sé cómo se sana o insana se me instala en la mirada. Quiero volver al Caribe, puta mierda de sueldo. M. es bastante conocido en la ciudad por su profesión, de hecho me enteré de su segunda separación matrimonial hace unas semanas en una exposición fotográfica con ágape en la que coincidí con su ex-mujer. Quien por su tono excesivamente suave y meloso nunca me ha convencido del todo. No fue ella quien me puso al corriente. Otras lenguas ponzoñosas lo cuchicheaban mientras empinaban un tinto y sonreían. Crónica social local.
Por supuesto no le he preguntado nada al respecto. Tampoco le pude preguntar mucho más. Ese móvil que no deja nunca de sonar hizo lo propio, y yo que iba un poco apretado de tiempo le he llamado después para tomar un café mañana por la mañana. Puede. Que es lo que más me sorprende.
Llego a la vez que mi madre al lugar acordado. Suspiro pensando lo que me espera, y sin embargo me llevo una sorpresa increíble. Compra en la primera tienda, el primer modelo que le ofrecen. Mientras se lo prueba y la dependienta se deshace en comentarios complacientes, doy vuelta a algunas etiquetas. Estamos en la tienda de un conocido diseñador y las rebajas a pesar de ser muy buenas siguen dejando unas cifras en las etiquetas que me espantan soberanamente. Faldas al 50% de su precio original a 250€. Cojines de autor rebajadísimos a 50€. Todo así.
Me gusta lo que se ha comprado. El precio no tanto. No tengo que pagarlo, lo sé, pero me parece alucinante lo que hay que pagar por un tres piezas de fiesta en tonos azul petróleo y cobre de organza que sólo se va a utilizar una vez. Esta descripción es la exacta de la dependienta con sonrisa enorme al comprobar que se va a llevar comisión. Y he pedido ayuda a la dueña para transcribirla. Me niego a escribir lo que ha pagado. Educación, amor y que uno tiene que tratar de ser caballero en algunas ocasiones.
Salimos de la tienda y encontramos a J. Le presento a mi madre y mira las enormes bolsas con extraña curiosidad. Nos hemos visto en Navidades y nos ponemos laboralmente al día. Destripamos a O. que se nos da de miedo y nos despedimos. Mi madre y yo al café y pincho en un local de lo más variopinto. Acabamos y nos vamos para casa. Como no, encontramos a la última persona conocida.
B., madre de alguien especial, ya me entienden quienes me leen. Pregunta y ve la compra. Hace un comentario acerca de lo que debe costar todo eso y compara mi madre con la suya. Mi abuela, quien siempre ha vivido la mar de bien, gastando lo que le apetece y haciendo lo que le da la gana. Las dos se parten de risa en medio de la calle. Por fin, para casa.
Y ya no me pongo a hablar de la tarde, que no ha dado de sí más reencuentros, que bastante tiene que leer el respetable. Sólo indico que las geniales obras que se están llevando a cabo cerca de mi casa generan caídas de red que no me han permitido publicar este post el día quince, que sería lo deseado. Buenas noches a tod@s y encuentren sin buscar.