Historia del tugurio sorprendente
Prometo no extenderme mucho. He cenado fuera y no me revuelvo. En primer lugar decirles a Kriti, M. e inegro que siento pasarme poco por sus blogs estos días. Encima Princess ha abierto uno. Me quiere tanto que me copia. Lo dice ella, no yo. El tiempo no me sobra precisamente. Más bien me falta. Incluyo el ocio y la fiesta en tiempo ocupado, que este fin de semana me ha robado unas cuantas horas. Bueno, no creo que sea robar, más bien lo veo como invertir.
El mismo viernes por la noche es un claro ejemplo, G., P., C., P., S. y yo anduvimos de rones y vinos por la capital. Logré resucitar después de la siesta en horas tardías, ópera y algo de cenar. Al acabar la jornada festiva y con S. no sé donde, fuimos a comer algo a un antro. Me gustaría calificarlo como bar, o como restaurante, pero soy incapaz.
Les prometí que lo contaría en estas líneas. Y en eso estoy. Me pareció tan surrealista la escena que es digna de mención. El lugar, de cuyo nomrbe no me acuerdo, y si lo hiciera nunca diría, prepara hamburguesas y perritos calientes a cualquier hora de la noche. Sé que eso no es extraño, hay un buen número de locales por la zona de movida que se dedican precisamente a eso. Pero este es especial. Muy especial. Para empezar parece el bar de Cuéntame, pero en gastado, muy gastado. La barra, las sillas, las baldosas, todo es muy anterior a mi nacimiento. Diría casi que anda por la época de nacimiento de mi padre. Lo ubico el los cincuenta sin forzar. Con pocas o ninguna renovación posterior, salvo la adaptación al euro y pegatinas varias.
Tras la barra aparece un señor pequeño y muy moreno con una cara de pocos amigos que espanta. No es para menos. Pueblan el local borrachos como cubas con golpes en los ojos, una pareja que se comen las campanillas en sus besos. Una mujer de rasgos orientales y otra de color gritan Oh my God! y nosotros. Algunos otros, pero eso es lo más destacable. Como para tener buena cara. Apunta con desdén lo que le piden, y entona con su acento cubano a voz en grito la orden para la cocina. Al fondo. Ya me doy cuenta de que significa tanta pegatina de Cuba y de bandera republicana. El dueño, según confiesa otro usuario es cubano. Cuando veo un mapa al final del tugurio de la isla no pedo más que recordar mi estancia en la isla, pero eso no es el tema.
Lo más sorprendente, al menos para mí, por encima de los mojitos que nadie pide en un bar para abuelos acostumbrados al vino, abierto toda la noche, es el gesto que hace el chico que nos informa. Un camastro, nos señala un mal camastro. Un colchón tras la barra y unos cojines. Si me dicen que tiene piojos, me lo creo. En ese lugar duerme el dueño del local. Ver para creer. Me paso un buen rato observándolo sin quitarle ojo. La cara de mala leche del cubano tendrá que ver con los dolores de espalda que le causa semejante lugar de descanso. No me cabe mucha duda.
Mientras tanto dos de mis compañeros de noche, sin decir iniciales, se van a dar palique con la chica oriental y la de color. Conversación surrealista del todo, los tres que quedamos al otro lado de la barra no damos demasiado crédito. Sobretodo yo, que no engullo una hamburguesa gigantesca con un huevo entero que se deshace. Se me ha grapado el estómago. Quiero irme en el siguiente tren porque literalmente ya me caigo de cansancio y lo que he visto al final de la noche me deja de una pieza. Me voy para casa y sueño que vuelvo al local. Pero eso lo dejaré para otra purga de mente.
Y aunque este post no tenga muchos pies y menos cabeza, se asemeja a la situación vivida cuando el sábado amenazaba con amanecer. Difícil de olvidar. He sido aceptablemente breve y he cumplido lo que les prometí. Buenas noches a tod@s.