Infancia lejana
Mientras caminaba esta mañana por la playa, al igual que cada día desde que mi jubilación, han venido a mí recuerdos de hace mucho tiempo. He recordado el olor de la sal secándose sobre la quemada barandilla de madera en las tardes de verano en casa de mi abuela. He cerrado los ojos y he vuelto sesenta años atrás. Sentí las caricias del aire y cuando de nuevo abrí mis párpados había llegado de nuevo al verano de 1945.
La dura posguerra se cebaba con la gente de a pie, y sin embargo yo notaba gran abundancia a mi alrededor. Mi abuelo había sido un Catedrático de Derecho de la universidad que dio a la patria un hijo, mi padre, militar de profesión con cuyos grandes hitos el General Franco se sintió muy orgulloso. Iba al más elitista de los colegios y había decidido para mí un futuro militar. Mi madre era la más hermosa de las señoras de la época, hija de los Marqueses de Cerveige, que dejó sus estudios de literatura para casarse con el militar que tanto despuntaba.
Fui el primero de los siete hijos del matrimonio, y todos y cada uno de nosotros teníamos el futuro marcado por nuestra familia, y lo sabíamos. Algunos lo han seguido y otros somos desheredados de teta materna y repudiados por quienes antaño esbozaban sonrisas a nuestro alrededor. Pero eso no es el tema que ahora me incumbe. Afortunadamente es algo más positivo.
Abro los ojos y al mirar al frente aparece la gran casa blanca a pie de playa en la que veraneábamos. La había mandado construir mi abuelo paterno con el dinero que su suegro le dejó en herencia. Para que su mujer se sintiera cómoda al levantarse cada día y viera el mar. Con los años y en voz baja confesó que repudiaba al usurero que le dejó tanto dinero, y que si hizo la casa a la vera misma del mar es porque su hermano médico se lo había recomendado para sus problemas de falta de apetito.
Mi abuela le importaba un pimiento. Era medio ludópata y excesivamente aficionada a ciertas bebidas alcohólicas. Retirada en la playa estaría mejor. Por eso también levantó aquella casa de enormes balcones de madera, con sus flores rebosando por doquier, cayendo en cascada multicolor por la pared blanca impoluta. Es la casa que estoy viendo, en la que pasé los veranos de mi infancia hasta que a los doce años me mandaron al internado militar.
Yo no quería nada a mi padre, y mi madre hizo lo posible para que sintiera la misma indiferencia por ella. No recuerdo un beso suyo, de mi padre ni siquiera una sonrisa. Sin embargo a veces agarro los recuerdos de infancia en los que fui feliz, con mis hermanos y hermanas, con los que ahora me trato y con los que no. Y Eulalia, nuestra Nani. Eulalia me hizo feliz a escondidas con sus historias. Me dio amor y entrega, aunque de espaldas a mis padres. Frente a ellos era una institutriz severa que cualquiera hubiera odiado.
Los juegos, las tardes de té entre niños bien de derechas, las reuniones militares veraniegas, mi abuela vomitando a pie de playa, los disfraces a escondidas, la mierda de clases estivales, los besos, los goces, las sombras… Y ese olor de las salpicaduras de la sal secarse sobre la madera de roble. Ese olor que ha aparecido súbitamente esta mañana.
Mi vida ha dado tantas vueltas, el destino ha girado y girado hasta que hoy, con más de sesenta años de distancia he reconocido ese olor. He pensado en mis hijos, en cuanto nos queremos, cómo de diferente es eso de lo que he vivido en mi infancia y en mi juventud rebelde, cuando hice por primera vez lo que quise en la vida. Casarme con la mujer más maravillosa del mundo. Una maestra de escuela hija de un rojo que murió en la cárcel. He oído, en ese momento en el que recordaba mi primer beso con Carmen, a mi nieta pequeña llamarme. He pensado en que pensará ella de su abuelo cuando tenga mi edad.
Ha llegado, y me ha dado un millar de besos. Ni que decir tiene que se me ha caído a baba, es mi perdición, mi pequeña Elena. No sé si ha entendido cuando le he pedido que oliera el aire. Ha inspirado fuerte y me dijo que olía raro. Cuando le he dicho que así olía cuando el abuelo tenía su edad ha puesto la mano en la nariz y ha fruncido el ceño. He pensado de nuevo en la casa. Y no he sentido nostalgia.
Hola! Muy guapa la historia, lo único que me pregunto es si es toda inspiración e invención, o si hay una base de realidad…
Ya me diras!
Besines!!!
Hola! Pues la verdad que las inspiraciones muchas veces tienen origen desconocido. De antemano para esta historia, como para algunas otras, lo único que he utilizado ha sido mi imaginación.
Me alegro de que te haya gustado.
Besos!