Gabriel García Márquez
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo. Hoy no se puede empezar de otra forma. Tampoco querría. Y por querer, quiero continuar así. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava a orillas de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.
Hoy hace ochenta años que el pueblo colombiano de Aracataca tuvo la suerte de ver nacer a un grande. Muy muy grande. Gabriel García Márquez. Los amigos le llaman Gabo. Si algún día tuviera la suerte siquiera de coincidir con él en el mismo espacio y al mismo tiempo, para mí sería suficiente. No soy una persona de idolatrías. No son muchos por quienes profeso admiración, pero García Márquez podría ser uno de ellos.
He leído bastante de lo que ha escrito. No voy a mentir y decir que absolutamente todo. Me gustaría hacerlo, la verdad. Cuando por fin leí los cinco capítulos de Memoria de mis putas tristes, supe que la espera merecía la pena. Hay gente a la que no le gustó demasiado la novela, quizás por su brevedad. Es cierto que uno queda con más ganas de seguir pasando páginas. Como tantas veces la primera frase de la obra se clava en la memoria. El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. No es precisamente para olvidar.
El Coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada, El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos, Del amor y otros demonios y Vivir para contarla son obras que han entrado por mis retinas hasta la memoria, y allí se han quedado Bendición Alvarado, Santiago Nasar, Jeremiah de Saint-Amour, Sierva María y Delgadina entre muchos más.
Gran hombre que a pesar de algunas ideas políticas un tanto excesivas y proposiciones a la lengua que muchos consideran descabelladas. Es inolvidable su imagen con liqui-liqui blanco recogiendo el Nobel. Me gustaría seguir escribiendo y escribiendo muchas cosas de este grandísimo autor. Pero hoy hago caso al refrán que asegura que lo bueno, breve, doblemente bueno. Gabo, con el permiso de quienes le llaman así, o García, como le llama su agente literaria, Carmen Ballcels, es tan bueno que además de mis respetos y elogios, merece la brevedad.
Buenas noches a tod@s.