Y aquí estoy otra vez, tras tres jornadas de ausencia que comenzaron el Jueves algo antes de que volara a Madrid con Mercedes Milá. No es que yo conozca personalmente a la famosa periodista, que dicho sea de paso no me importaría lo más mínimo. A mí me gusta mucho. Es más sencillo que todo eso, coincidimos en el mismo vuelo a la capital. No le pude decir nada, y no por ganas, que a mí no me falta precisamente cara dura y un poco de labia, aunque está mal que yo lo diga, pero ya saben quienes me leen y a la vez conocen, que no miento al afirmar esto. Simplemente la distancia que nos separaba dentro del susodicho aparato volador, y que la mujer estaba bien ocupada leyendo y leyendo, me parecieron motivos suficientes como para quedarme en mi asiento.
Por Madrid anduve tratando asuntos que se suponen importantes. Básicamente esos que me podrían llevar el curso que viene a la Costa Este de los EEUU. También dediqué mi tiempo a compartir charlas y cafés, y lo que no son cafés, con B. y M., que me acogieron en sus casas genialmente situadas con toda la hospitalidad que las caracteriza. Además está el pequeño detalle de que son grandes amigas. Me paseé por las calles, unas gastadas y otras no tanto de la capital. Recorrí andando un buen montón de calles, que ya conozco, pero que me encanta volver a caminar.
Por supuesto que hubo la parada obligatoria en La Violeta, la tienda de caramelos y bombones de la Plaza de Canalejas famosa por sus violetas escarchadas. Precisamente, y como siempre, eso fue de lo poco material que me traje de la capital. Digo de lo poco, porque una pasada ayer por la mañana por delante de una tienda de chocolate me dejó obnubilado y absorto. A la par que me hizo gastar una cantidad de euros que no me atrevo ni a confesar en diversas formas de chocolates que son puro placer para los sentidos. También me compré un polo en el aeropuerto, que para algo están más rebajados.
Otra de las cosas que más me gusta de las grandes ciudades, en este caso, Madrid, es el metro. Hay mucha gente que lo detesta, que le huele raro, que tiene miedo a perderse, o simplemente que se siente muy incomoda utilizando este método de transporte. Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Me gusta callejear por debajo. Caminar por las estaciones, buscar rutas, ir de un lado a otro de la ciudad bajo tierra. Me siento como hormiga errante que va de destino a destino entre las cavernas de su gruta. Y me gusta.
Además, en esta ocasión, hubo algo especial en el metro. No conocí a otra eslovaca. Conocer conocí a otra chica, pero en el aeropuerto, de vuelta a casa, pero eso va unos párrafos más abajo. Entre los muchos pululantes del metro, siempre músicos y cantantes, mendigos de diversas nacionalidades y hasta oradores me llamó la atención especialmente uno. Un señor de avanzada edad y poblada barba canosa pidió la atención de los usuarios. Indicó que iba a recitar un poema de Rosalía de Castro para que le diesen una limosna para comer. Hasta ese momento no había prestado atención, pero cuando dijo que se trataba de Negra Sombra, un pequeño respingo me recorrió el espinazo.
Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.
Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que zumba.
Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.
En todo estás y tú eres todo,
para mí y en m misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.
Podría decir que es una de mis poesías favoritas. Aparte de la canción estrella de Mar Adentro, de Alejandro Amenabar, en versión gallega en la voz de una de las mejores voces, Luz Casal. Cuando la oí así citada, en castellano no pude evitar mirar a la cara a quien la citara, a sus ojos tristes, y darle lo que se merecía. Una pequeña ayuda.
Descubrí por fin el Mercado de Fuencarral, con toda su alternatividad expuesta en varias plantas. He ido un buen número de veces a Madrid, incluso está a escasos metros de la casa de B. Me lo pasé de puta madre allí dentro, y a la salida otra sorpresa. Esta vez sí que encontré a otra chica, pero ni era eslovaca, ni la del aeropuerto. En medio de la calle Fuencarral, llegando casi a Gran Vía, y mientras hablaba por el móvil, apareció L. Aluciné. L. y yo tenemos una amiga común, M. y no tenía ni la menor idea de que se encontrara de fin de semana en Madrid. Vernos fue estupendo, Los dos andábamos dando una vuelta y solos por la zona, y desde ese momento paseamos en compañía, sorprendiéndonos por el encuentro. Una parada en un Starbucks con terraza, un rato bien largo de charla distendida con chocolate y té, y hasta una lesbiana queriendo ligar nos trajo la tarde del viernes. L. y yo llevábamos sin vernos desde Noviembre, y nos pusimos bastante al día.
Y por último, y ya para acabar este post que ya tiene bastante que leer, la anécdota del aeropuerto de Barajas. No es que me cachearan, no, que también. Últimamente se está volviendo común que me sobe la policía cuando pito en el arco detector. Tres de las cuatro últimas veces que he volado, todo esto en poco más de dos semanas. Encontré a una mujer. Joven y bella, muy pero que muy bella.
Nuestro vuelo salía con retraso. Pude darme cuenta y quejarme frente a la pantalla que aseguraba que saldríamos con veinte minutos de retraso, que al final fueron cuarenta. En ese mismo instante, A., que esta vez si que nos presentamos, se giró y me preguntó si estaba en el mismo vuelo que ella. Por supuesto, y desde ese momento no nos separamos. Ella estaba medio muerta de miedo porque era la primera vez que volaba, a una ciudad que no conocía y encima sola. Visitamos las tiendas del aeropuerto y compramos, charlamos, comimos y vinimos juntos hasta casa. Ella está a o más de diez kilómetros de mi casa. Y tengo su número de móvil. Y no cuento más, que ya hay mucho que leer, y seguro que más que imaginar, por ustedes, y por mí mismo.
Buenas noches a tod@s.