Friday, April 6, 2007

Crónicas lanzaroteñas y apunte eslovaco

     Aquí estoy de nuevo. Ha pasado algo más de una semana desde que escribiera en este mi pequeño rincón en internet. Una semana que, como muchos y muchas ya saben, he pasado en Lanzarote. Puede suponerse perfectamente que estoy en la obligación de hablar de la isla, de como han sido esos días, de que he hecho y que es lo que más y menos me ha gustado. No voy a dejar nada sin desvelar, si bien, tampoco quiero explayarme demasiado. Han sido muchas y diversas, siempre positivas, las experiencias acumuladas en toda una semana en la isla canaria y aquí van algunas de ellas.

     Ni que decir tiene que un retraso de veinticinco minutos en el despegue de un avión no es ninguna novedad. El Jueves pasado un vuelo de dos horas y veinte minutos nos llevó a Guasimeta (ACE) en código IATA, para designar a los aeropuertos mundiales. Mis maletas, como siempre salieron de las últimas, así que dejé a G. esperándolas mientras corría raudo y veloz a por las llaves del coche que alquilamos para toda la semana.  Un Seat Ibiza 1.4 con 75 CV de gasolina color blanco con el que recorrimos la isla de principio a fin. Yo fui el primer encargado de mover el vehiculo, previo acelerón, por eso de que uno siempre conduce coches diesel. Desde el aeropuerto hasta nuestro hotel en Playa Blanca nos impresionó sobremanera la gran montaña que surge aparentemente de la nada envolviendo a Yaiza, ciudad que por el otro margen se encuentra cortada por la enorme masa rocosa que dejó la erupción de los volcanes de Timanfaya en el siglo XVIII.

     Al llegar al Hotel nos instalaron en una habitación estupenda. Cojonuda, para ser más claros. Un pequeño apartamento con su salón cocina totalmente equipada, baño grande y completo, dormitorio grande separado y dos terrazas estupendas. Todo muy en consonancia con los colores blanco y verde que dominan las edificaciones de la isla. En el hotel había enormes piscinas, un restaurante bueno, cafeterías y bares nocturnos, un amplio aparcamiento, una sala de ordenadores que no utilicé precisamente mucho. Un supermercado muy completo, fuentes interiores, billares, sala de squash, sauna, jardines tropicales fabulosos, en fin. Una pasada.

     Para no extenderme infinitamente resumiré que en los siete días en la isla recorrimos de cabo a rabo, con ayuda el coche, toda su geografía. Incluso pasamos a la Isla La Graciosa, que merece un pequeño párrafo aparte más adelante. Pudimos conocer toda Playa Blanca, las playas de Papagayo, de arenas claras y finas, con aguas de colores verde tropical a las que acceder por semejantes carreteras era en sí una aventura. Los pueblos de Yaiza, Uga, la zona de La Geria, con sus impresionantes cultivos de vid en tierras absolutamente negras protegidos por arcos de piedras. El faro de Pechiguera, el Monumento al Campesino. El impresionante Parque Nacional de Timafaya. Mar de soledad de piedra volcánica en diversas tonalidades, donde el tiempo parece haber dejado de existir. Sin duda una experiencia más que impactante. Su centro de interpretación e investigación en Mancha Blanca. El pueblo de Teguise con su mercado dominical donde la artesanía de arena en diversos tonos me dejó fascinado, lo mismo que la piedra olivina y sus múltiples usos. Pueblos como Tinajo, Tahiche, Puerto del Carmen, estrella del turismo en la isla, con sus preciosas playas. Arrecife, la capital de los contrastes, que no fue precisamente lo que más me gustó. La Fundación del Genial César Manrique, con todo lo que hay en ella, también sus grandes obras, dispersas por doquier. San Bartolomé a la salida de misa de Ramos. Macher, mil veces cruzada. Haria y sus bonitas palmeras, Yé, así de corto se puede llamar un pueblo. Arrieta, Costa Teguise y su incipiente turismo. Orzola, pueblo marinero donde cogimos el barco que nos llevó a La Graciosa. La Santa,Caleta del caballo, Caleta de Famara y su playa brava para hacer surf. Tias, hasta donde llega la poca autopista que existe en la isla. Las impresionantes Salinas del Janubio, y su playa contigua, El Golfo y la impresionante laguna verde que secuestra. Punta Mujeres, Los Valles, Soo, Mala, Guinate, Masdache. Los Jameos del agua, impresionante conjunto decorado por Cesar Manrique donde comprobamos lo caprichosa que es la naturaleza, al poner unos crustáceos albinos únicos en el mundo en semejante lugar. La Cueva de los Verdes, con su gran secreto y donde me encontré inesperadamente con M., casualmente de vacaciones el la isla, y con quien converse unos pocos minutos.

     Toda esa parrafada y seguro que algunas cosas más que se me escapan en este momento es lo que conocimos. Como se puede observar, no quedó nada, por ver vimos hasta a Pepu Hernández en Playa Blanca. En este párrafo es donde quiero dar la experiencia de haber cruzado en la cubierta de un barco a la isla La Graciosa. Con sólo dos pueblos esta isla del archipiélago Chinijo me dejó fascinado. No existe el asfalto en las calles, estas son de arena. No existe separación alguna entre en sustrato terreo y el costero. En la misma arena de la playa uno se encuentra con conchas de moluscos terrestres y conchas marinas mezcladas. Sólo se comunica con Lanzarote por medio de barcos, y los habitantes de la isla, muchos de ellos, visten unos curiosos sombreros de paja muy guanches. Es lugar de veraneo de muchos canarios, por lo que nos pareció. Apenas hay coches, son todoterreno antiguos y todo tiene un aire diferente en Caleta del Cebo, la única ciudad permanentemente habitada. Las playas son hermosas y encierran en su mar cristalino escalones naturales de piedra que hace que por mucho que uno nade y camine en el agua, no sea capaz de verse cubierto por completo jamás. Al menos eso es lo que a mí me ocurrió. He quedado prendado de La Graciosa.

     Lo mismo que quedó en mi pensamiento una persona a la que conocí estos días. Que conste que hablo de ella porque G. me lo ha pedido. Me ha persuadido para que cuente algo en mi blog. No sé su nombre, sólo que es eslovaca y que trabaja en un pub irlandés en el que pasamos unas cuantas horas de la noche frente al mar. Su acento era diferente, por eso le pregunté de donde venía. Sus ojos preciosos. Toda ella me parecía hermosa. Atendía con sonrisa permanente frente a Playa Dorada, en Playa Blanca, las mesas de aquel local en el que siempre ocupamos el mismo lugar. Aunque eso diera pie a que la eslovaca anónima, de pelo rojo y ojos verdes tuviera que rescatar mi chaqueta negra. Me gustaría saber como se llama, me gustaría que también supiera más de mí. No se crean que me he quedado pillado ni que he vivido con ella nada más allá de una relación camarera-cliente. Confieso que no me hubiera importado, aunque eso sea abrir mi corazón más de lo que me suele gustar hacer. Pero ya es tarde y uno no está para dejar cosas por decir. Ha quedao como ha quedado, en el hecho de que he conocido a una mujer joven y eslovaca a la que no me queda más remedio que llamar “anónima” que me pareció, y realmente no sé porqué, muy interesante y bella.

     Y por lo demás poca cosa. He descargado la cantidad ingente de fotos que he hecho en el ordenador mientras tecleaba estas letras. Mientras, y como siempre purgaba mi mente en esta enorme parrafada, quizás algo pesada. Prometo que en alguna entrada posterior pondré imágenes. Además hago saber a quien quiera conocer más cosas, que no sean muy espinosas, que nos conocemos, que me las pregunte. De momento me he quedado suficientemente satisfecho con lo que he contado, y antes de que me arrepienta, o encuentra algo más que poner, me despido hasta la siguiente diciendo además de buenas noches a tod@s, que me lo he pasado de puta madre y que les recomiendo Lanzarote.

Posted by Purga de mente at 22:46:53 | Permalink | Comments (1) »