Mi chaqueta negra
Juanes tenía una camisa, lo mío es una chaqueta. Es lo que tiene no vivir en un lugar en el que las horas de sol son más abundantes que la harina en una panadería. Los que estamos más horas bajo rigores climáticos más duros, sin llegar a ser extremos, tampoco puedo quejarme, tenemos chaquetas. Es negra, como imagino ha deducido. Bueno con leer el título del post uno ya se aclara.
Esta mañana me la he puesto, y por motivos que no recuerdo, he pensado dedicarle un post. La prenda de ropa, que ahora descansa en la percha que tengo colgada de la puerta, ha vivido conmigo un buen montón de horas e incluso algunas aventuras.
Sin entrar para nada en comparaciones, caigo en la cuenta de que en este post rozo la extravagancia pero que bastante. Casi la locura, ya saben esa frase que asegura que los pobres son locos y los ricos y famosos excéntricos. Lo mismo que el genial poeta chileno Pablo Neruda, que fue capaz en su prolífica obra de dedicar versos al caldillo de congrio o al molusco chileno llamdo comunmente “Loco”, o al mismo vino, el autor de estas líneas homenajea a su chaqueta negra. A ver en que para la cosa.
Fue un regalo de mi hermano por Navidades de 2005. No sé donde la pudo comprar, ni cuanto pudo costarle. Puedo sin embargo adivinar que no fue precisamente barata, más bien todo lo contrario. De lana y sin ser nada gruesa abriga un montón. Sino que se lo digan a algunos de mis amigos y amigas que la han probado. Y es que si algo caracteriza a esta prenda es el variado número de cuerpos diferentes al mío que ha arropado, a multitud de lugares en la que me he puesto y hasta el par de aventuras que pasamos no hace muchos días.
Empezando por lo primero. Haciendo rápida memoria creo que se la habrán puesto al menos 6 o 7 amigos y amigas. Destaco la noche de finales de Agosto de fresca fiesta nocturna en la que P., y según sus propias palabras, se parecía a María Teresa Campos con la susodicha prenda. Por nuestra diferente envergadura corporal, P. podía darle un buen cruzado, y se lo daba con un garbo que ni la periodista desaparecida de las mañanas televisivas. A P. le duele un poco esa pérdida, pero si acaso eso lo dejamos para otra entrada. Creo que fue él el primero en conocer las cualidades de arrope y abrigo de la prenda. Habiéndolas destacado siempre que ha tenido oportunidad hasta hoy mismo.
Han sido más las fiestas veraniegas en las que me ha acompañado. Por estos lares la temperatura puede llegar a refrescar tanto como para tener que taparse los brazos. Recuerdo especialmente una fiesta en un prado bastante empinado este verano pasado en la que tan sólo debió quedar sin poner la ya mil veces mentada algún camarero y los de la orquesta. Yo aguantaba bien animado por la romería y la rica sidra las temperaturas para muchos bajas, mientras la chaqueta iba cambiando de cuerpos con una frecuencia destacable. No podría decir un número ni aproximado de personas que dicha noche se sintieron cobijadas por una prenda unas cuantas tallas mayor de la suya verdadera.
Los lugares en los que me ha acompañado no son precisamente pocos. Dejando ya de mano las diferentes fiestas y romerías de prado, o la infinidad de fines de semana en la que me ha acompañado en salidas de fin de semana o nocturnas, mi chaqueta negra ha conocido algunas comunidades del país y hasta países extranjeros. Sin ir más lejos me la llevé a Lanzarote, donde el fresco nocturno me permitió lucirla. Además me ha acompañado en viajes a Madrid, Cuenca, Lugo, León e incluso ha traspasado la frontera lusa y británica. No se puede decir que ha estado precisamente en pocos sitios.
Por último relatar el par de peripecias en las que se vio envuelta no hace precisamente mucho tiempo. Ni que decir tiempo que esta todo terreno de la moda resiste poco menos que lo que le echen. Muchas veces se ha impregnado de los olores de la noche. Apoyada en mil barras de bar y perchas ha resistido como una valiente. Algunas veces se me ha olvidado, pero vuelvo y allí sigue. También pueden devolvérmela, ya ha pasado. Pero lo más destacable sucedió la noche antes de las vacaciones de Semana Santa.
Estaba tendida en el tendal exterior de casa, y al ir a cogerla, para plancharla y meterla en mi equipaje de mano, una mezcla de poca habilidad en tal tarea y manos llenas de otras prendas, hizo que se cayera sobre el tendal del piso inferior. Como es de suponer, la vecina no estaba en casa, y no había forma normal de llegar a recoger la chaqueta desde arriba. Tampoco desde abajo, Y por supuesto que tenía la obligación de acompañarme a las Canarias. Mi padre y sus ideas geniales de inventor, que no he heredado, lograron, mediante la unión de la escoba al palo de la fregona, hacer un palo lo suficientemente largo como para alcanzarla. No fue suficiente. La muy cabrona decidió quedar simétricamente colgada, de tal modo que era casi imposible desplazarla hacia un lado u otro. La siguiente idea consistió en agregar al invento anterior una aguja de las de hacer punto doblada. A modo de anzuelo pesca-chaquetas. Justo en el momento en que estaba efectuando la pesca, la vecina abrió la ventana. Acababa de llegar a casa y casi muerta de risa contempló el panorama. La hizo picar el anzuelo y fue rescatada e introducida en la maleta. Cierto es que existe una gran amistad con dicha vecina. Sino no quiero imaginar que habría pensado.
No teniendo suficiente con este percance, en plena terraza marítima de Playa Blanca. Concretamente en el local en el que conociera a la anónima eslovaca. La prenda de color negro se me deslizó de entre las piernas barandilla abajo, quedando colgada sobre un tejadillo con aspecto de poco seguro del local bajo el pub. No sé si sentí rabia o vergüenza. Al intentar rescatarla con mi mano no hubo nada que hacer. Demasiado lejos, y eso que soy grande, ya lo saben. SIn ninguna duda no iba a dejar que la cosa quedara así. Avisé a la bella joven de ojos verdes y le pedí una escoba o algo para rescatarla. No hizo falta, se asomó, deslizó por la barandilla y me la devolvió. Ahí si que sentí vergüenza. Con la escoba me hubiera servido, pero el gesto gentil me dejó también encantado, y dio pie a conversaciones posteriores. Aunque no me hiciera saber su nombre, al menos supe su procedencia, y creo que la chaqueta tuvo su participación destacable en todo aquello. Desde entonces miro mi chaqueta con más cuidado del que acostumbraba.
En fin, parece mentira que haya sido de contar tantas cosas sobre algo tan corriente y moliente como una chaqueta negra. Perdón, mí chaqueta negra, que no es cualquier cosa. Ya sé que S. me dirá que vuelvo a utilizar enfáticamente los posesivos para las cosas que me rodeo, pero esta vez lo hago con toda razón, ¿no creen ustedes?
Buenas tardes a tod@s.