De ahí acabo de volver. Unter den Linden, término alemán que significa precisamente “Bajo los Tilos”. Y es que si hay algo más típico de Berlín que las salchichas, son sus tilos. No sólo el nombre de la más célebre avenida de toda la ciudad lleva ese nombre y alberga centenares de dichos árboles. Toda la ciudad está cuajada de ellos. En esta época con el fruto maduro tiñendo de amarillo las copas verdes. En resumidas cuentas, he descubierto Berlín.
Es una ciudad fascinante. De una extensión inmensa, y sin embargo viven en ella tres millones y medio de personas. No es que sean precisamente pocas, pero en todo el área que ocupa la capital germana bien podrían caber, al estilo de las grandes urbes o capitales habituales diez o doce, y seguramente más millones de seres humanos. No sé si alguna de las personas que me leen ya conocen la ciudad, pero desde luego, si me dejan hacerlo, me tomo la licencia de recomendársela.
Hasta allí me llevaron mis continuas ganas de conocer lugares y la posibilidad de alojamiento gratuito. Mi amiga I. vive en la ciudad desde hace poco más de un mes. Con eso y poco más giré mi vista a la capital antaño dividida por un muro y hasta allí me fui. Este post, que ya imagino resulta bastante largo, por lo que me excuso de antemano, es una pequeña pincelada de cuanto vi, sentí y viví todos estos días en Berlín.
Todo empezó con un vuelo que me llevó de Asturias a Madrid. El último de la noche. No quedaba más remedio que hacer noche en Barajas. No tenía otra buena y económica combinación. Sobretodo económica, todo se diga. Además la hora de vuelo de Madrid a Berlín, a las 6:45 AM, prácticamente descartaba otras posibilidades.
Es horrible, más cuando se viaja solo. El porrón de horas de espera me resultó exasperante. Y eso que tuve suerte de poder establecer un buen montón de conversaciones con unas cuantas personas. Entre las cuales destaco a la familia de mi misma ciudad que también hizo noche en el aeropuerto y con quien hablé largo y tendido. Con ellos me pongo luego. Haré un repaso de la fauna aeroportuaria de modo cronológico. Digo lo de fauna con todo el respeto e incluyéndome. De sobra sé que somos personas.
Comienzo con la profesora de Flamenco milanesa. Veintitrés años. Madre de un niño de un año y medio que vino a dejar un mes con su antigua pareja y padre de la criatura. Un ingeniero aeroespacial, según los datos que me aporto, diez años mayor que ella, y de quien estaba sentimentalmente separada desde que nació la niña. Había pasado dos años en Madrid, y ahora desde la separación estaba en su país. Llegó un día por la mañana, entregó al niño y se quedó a pasar noche en la Terminal 1 del aeropuerto, hasta que a las 8:00 AM despegara su vuelo a Milán. Me dio hasta miedo la forma en la que me contaba las cosas. Con pesadumbre y más quejido del que me gusta. Ahuequé el ala en cuanto me fue posible.
La familia argentina. Tuvieron problemas con el vuelo de salida de Buenos Aires, así que tuvieron que llegar por separado. Primero el padre y la hija. Al mediodía siguiente llegaba la madre, en el próximo vuelo. Aterrizaba a las 15:15 PM. Les tocaba pasar muchas, pero que muchas horas en Barajas. La niña era el vivo retrato de su padre. Ambos con ojos azules y melena rubia. Tenía energía para dar y tomar, tanta que una vez consumida cayó rendida en el sofá donde se quedó dormida durante horas. Allí dejé a un padre que no paraba de sonreír al verla dormir, y que se veía completamente feliz, cuando me fui a facturar.
Mientras tanto montones de personas se equivocaban en el acceso a las puertas de embarque. Las Tarjetas de Embarque indicaban puertas “B”, y un acceso se encontraba cerrado. No el otro, pero ni a tiros parecían acertar algunos y algunas. A un buen montón nos tocó decirles que era por la otra puerta. También una limpiadora de origen búlgaro hubiera merecido un buen sobresueldo en su labor de informadora.
La familia. Pija no, pijísima. También es cierto, y sobretodo más importante que me amenizaron parte de la noche hablándome de sus fabulosos viajes por el mundo y otras cuantas cosas más. Unas nímias y otras verdaderamente filosóficas. Los padres pijos, pero los hijos, de 17 y 18 años eran casi para echar de comer a parte. No puedo con ese pijerío, aunque, y siempre con la verdad por delante, fueron muy agradables, amenos y conversadores. No es que haya cambiado mi modo de pensar, pero espero que sean una excepción a la regla. Lo más, llamémosle impactante vino cuando tuve que ayudar al padre de familia. Fue al baño y vomitó. Algo le había sentado mal. De vuelta más pálido que quien ha pasado tres meses en un hospital, tuvo que tumbarse en el suelo y yo pacientemente le sostuve las piernas en el aire hasta que comenzó a recuperar color y ánimo. Volvió a separarnos su hora de facturación. Se iban a Roma a las 5:55 AM.
La familia sevillana. Lo más divertido que uno se puede echar a la cara. Dos hermanos que se iban a Lyon, a quien acompañaba su padre en la cola de facturación. El padre un enamorado de Asturias. Ni que decir tiene lo que eso me gusta a mí. La hija, muy guapa, por cierto, estudiante del lenguaje de signos. El chaval guasón a reventar. Habían salido de Sevilla a las siete de la tarde del día anterior, y en la cola a las 4:15 AM mantenían una gracia infinita y no pensaban nada más que el un poco de jamón, cervecitas y olivas. Encantadores.
Detrás de ellos en la cola inmensa se encontraba M., un polaco de Erasmus en la Facultad de Veterinaria de León. Su destino también Berlín. Un tipo de lo más peculiar y extrovertido. Con él estuve desayunando a una hora intempestiva, y me hizo firmarle una bandera de Asturias. En sus meses de estancia en León había conocido a un número más que curioso de paisanos míos. No pudimos volar juntos en la salida de emergencia a Berlín por culpa del par del siguiente grupo. Un tipo curioso que me sirvió a la llegada al aeropuerto.
El tipo más feo de cara que haya visto yo en bastante tiempo y su amigo el de las espinillas y el piercing en la lengua son el segundo grupo. Su amigo el durmiente lo cierra. Se ve que no fueron de mi agrado, y lo peor, volaron junto a mí. Eran tres, argentinos para más señas, por acento y conversación lo supe. Pertenecían a un grupo de embarque posterior al mío, pero como nos llevaron en autobús a pie de avión, se quedaron pegados a las puertas y echaron a correr en lugar de ser educados o legales, y esperar un poco. Se situaron con toda su cara en la salida de emergencia, más cómoda, por supuesto, y a la que siempre recurro por mi tamaño. Ni que decir tiene que en esta compañía no se vuela con asiento asignado, de ahí el problemilla. Como digo eran tres individuos de pelo sucio, pero yo, sin saberlo, me metí entre ellos a la hora de embarcar, de tal modo que ocuparon las dos plazas de la salida de emergencia de pasillo y centro, pensando que la del pasillo, y ya única libre, sería ocupada por el ya citado durmiente.
Ni de coña. No me dio la gana después de ver la maniobra. Llegué al asiento y se pusieron a decirme que estaba reservado para su amigo. Les dije que nada más lejos de su imaginación. Cada cual se sentaba donde podía, cuando llegaba, nada de guardar el sitio. Todos queremos salida de emergencia. Por supuesto que remarqué sobremanera el hecho de que le habñian echado mucha cara y que pertenecían a un grupo de embarque posterior a mí. Caras raras y mi culo sobre el asiento que me llevó a Berlín. Por supuesto ni me miraron durante el vuelo. Poco me importó. Antifaz y a dormir cuanto pude.
Los últimos a los que conocí, una vez aterrizamos, fueron a una pareja de León. Muy amables, me acompañaron en el tren Airport Express hasta que llegaron a su parada, a mí me quedaba una más. Poco puedo decir de ellos, salvo que él ya había estado en Berlín y ahora se llevaba a su novia a beber y beber cerveza e ir a buenos clubs en los cuatro días que iban a pasar en el país. Espero que les haya ido bien.
Veo que el post es ya largo, pero que muy largo, sobretodo teniendo en cuenta que hasta aquí sólo he contado mi llegada. Voy a hacer algo que creo no haber llevado a cabo hasta ahora. Dividir en al menos otro capítulo esta fascinante aventura. Por ello quiero cerrar, rematando con otros personajes curiosos que me encontré a la vuelta, y recordando también en este punto a mi paisana y azafata de vuelo, o TCP, del vuelo de ida, que me invitó a un café precisamente para hacer un podo de patria. Gracias a M.
Aquí también las palabras para la señora de seguridad que sistemáticamente siempre mira como pongo las cosas en la bandeja para pasar por el arco de seguridad. Mira que paso a horas bien distintas por el aeropuerto de Barajas, que hay gente de seguridad trabajando allí, pero las últimas cuatro veces, si mal no recuerdo, allí está la señora, que imagino, por su forma de hablar español, proveniente de Europa del Este. Yo procuro ser medianamente amable, porque tiene una mala leche y cara de pocos amigos más que destacable. Conmigo siempre se porta correctamente, la verdad.
Lo dicho, algún personaje aeroportuario más, pero en este caso a la vuelta. Comenzamos con el ejecutivo agresivo. Mi compañero de regreso a Madrid. Se pasó todo el vuelo preparando un Power Point sobre estrategias de mercado y leyendo apuntes extraños sobre macroeconomía en inglés. Sólo pude saber que trabajaba dos días a la semana en Madrid y tres en Berlín, y que del avión se iba a su oficina en el Paseo de la Castellana.
La alemana con miedo a volar. Pobre señora, que angustia pasó. encima el vuelo de vuelta fue complicado. Además de los diversos baches y turbulencias varias que tuvimos durante todo el trayecto, especialmente de llegada a Barajas, el primer descenso fue fallido.
El tren de aterrizaje ya estaba desplegado, debían faltar escasos metros para tomar tierra cuando el comandante de vuelo levantó el aparato hacia arriba a toda velocidad y con una gran inclinación. Nos pasamos un rato estupendo dando vueltas hasta que de nuevo se decidieron a darnos pista. La pobre señora que ya lo había pasado muy mal, no se nos murió del susto por poco. No había nada que la calmara, se puso a llorar y todo. Entre tanto y con más baches la gente se mareó y puso a vomitar. Yo no tuve esa mala suerte la verdad.
Otra argentino al que el overbooking le dejaba hasta la 1:00 AM en Barajas a la espera del siguiente vuelo. Algo más de diez horas muertas para morirse del asco, sobremanera cuando uno ya llevaba tres en el aeropuerto. Debe ser que la edad me hace perder la paciencia. No sé como lo hubiera podido resistir este que les pone las palabras.
Por último y para acabar la pareja de asiáticos que estuvieron sentados a mi lado en la espera, mucho más corta afortunadamente hasta que saliera mi vuelo a casa. Vuelo en el que coincidí con una abogada amiga de mis padres, con quien vine sentado, y con una antigua compañera de instituto que no respondió a mi saludo, que desde luego vio.
Digo asiáticos porque sinceramente no tengo ni idea de que país eran originarios. Por elucubrar los hacía indonesios o tal vez filipinos, porque junto con los rasgos orientales destacaba su color de piel muy moreno. Lo que supe, además de que eran pareja por los efusivos besos, abrazos y caricias que se daban de vez en cuando, cosa que aún hacía mirar de reojo a quienes no comprenden a los gays, o siguen viendo extraño que una pareja de hombres en este caso, o mujeres en cualquier otro, se besen y se profesen amor. Al grano, lo que supe es que vivían en Noruega, ellos me lo dijeron, lo mismo que su viaje a Madrid se había producido para ir a la fiesta del Europride 2007, y que se habían quedado unos días más. Todo esto regalo del padre adoptivo del menor de ellos al haber cumplido dieciocho años. Al otro no le echaba más de veinte. La mar de majos.
Y hasta aquí, lo prometo. Mañana, o quizás hoy, por eso de la hora que es, aunque más tarde, colgaré algo más sobre la ciudad en la que estuve bajo los tilos. Es más, lo mismo pongo hasta una foto que me gusta especialmente y en la que aparezco. Perdonen la extensión, pero necesitaba una buena purga de mente.
Buenas noches a tod@s. Auf Wiedersehen. Gracias I. por todo.