Saturday, July 28, 2007

Postales y pinchazos

     Julio está siendo un mes más que flojo en lo que a purgas de mente se refiere. De por sí ya sabe el respetable que no soy la persona más activa, pero ahora que por fin hemos podido tener una semana de playa por estas latitudes, que he vuelto a pasar un tiempo en la casa de la playa, que he podido nadar, comprendan mi ausencia. Tampoco son muchos quienes la notan, pero en cierto modo me debo a ellos. A vosotros, que sois de confianza.

     En los últimos días han seguido llegando postales de amigos y amigas que siempre me recuerdan en sus viajes. D. como siempre original desde Buenos Aires. Siempre original en la postal, en su escritura, un tanto jeroglífica, lo mismo que el la Facultad. También siempre fiel. Allá donde va, postal que viene. Yo encantado de que sea así. Te pagaré unas sidras veraniegas cualquier fin de semana de estos.

     I. desde Berlín. Me resulta extraño a mí mismo, pero no tenía ninguna postal desde la ciudad, así que yo mismo la escogí y compré cuando anduve por tierras germanas, y ella sólo tuvo que llenar de preciosas frases y buscar un sello. Tarea que por otra parte parece resultar más compleja de lo usual en la capital alemana.

     Otra fiel, S. esta vez desde Turquía. Desde la Capadocia turca llegó una postal muy bonita contándome lo estupendo que resulta el baño turco. Los viajes de S. son siempre para poner los dientes largos. Collares de orquídeas en Tailandia, natación con delfines en México, caipirinhas al sol de Brasil, y no sigo que me sugestiono más de lo necesario. También me ha traído un detalle. Como le ha dado por ir a buscarse la vida un poco lejos de mí, aún no lo he visto. Y ya saben quienes me conoces que soy un jodido ansioso, más para estas cosas. Cualquier detalle, sea como sea me encanta. El próximo fin de semana te invito a cenar a nuestro lugar de verano, antes de ir a pasar la noche a la fiesta a la que vamos todos los años. Yo también le entregaré un regalito muy berlinés.

     Otras cosas que he hecho estos días, como ya he mencionado el líneas anteriores, incluyen jornadas de playa. Todas estupendas hasta la de ayer. Es lo más destacable de los últimos días, aunque hubiera preferido no tener que escribirlo, la verdad.

     Me ha picado un pez escorpión. O víbora o lo que leches sea, un pez con espinas exteriores venenosas que me ha jodido pero bien. Lo cierto es que yo lo pisé. Evidentemente sin darme cuenta. Estaba saliendo del agua después de mover un poco los brazos y haber pasado una hora allí dentro pasándolo genial haciendo el tonto. El agua me cubría apenas las rodillas y de repente, al dar un paso, en el dedo meñique de mi pie derecho siento un pinchazo agudo. Algo que entró y salió limpiamente, pero que me dejó un dolor instantáneo intenso de verdad.

     Miré el pie, estrujé un poco el dedo, que ya me dolía horrores. No tenía nada dentro. Pensé en un oricio, vamos un erizo de mar, pero aquello dolía que ni se imaginan. Llego al puesto de socorro, donde me atendió una socorrista de lo más amable, con mucha paciencia e interés. Enseguida me comunicó que seguro que me había picado un pez escorpión. Uno de esos vertebrados marinos cantábricos con los que se hace un pastel de pescado la mar de sabroso, pero que esta vez quiso tocarme las narices. También me indicó que iría pasando, y como evolucionaría la cosa.

     No podía casi caminar, y los primeros minutos, las primeras horas mejor dicho, fueron de dolor intenso y creciente. Yo estaba que rabiaba tumbado con la pierna un poco en alto mientras sentía pinchazos agudos y mis acompañantes planeaban levantar el campamento. Habíamos ido lejos de casa. Poco a poco el veneno fue extendiéndose por todo el dedo, cierto es que la cantidad de ponzoña inoculada fue poca, afortunadamente. Se hinchó, se puso como una morcilla de color rojo intenso y con una. Duro como si fuera de piedra. No había quien hiciera ceder siquiera un poco la carne dolorida. Un espanto. Comencé a recordar los cuatro pasos o etapas típicas o Celso de un proceso inflamatorio que antaño estudiara en la asignatura de Inmunología, y con cuyo pésimo profesor me descargaré en un post puñetero que tengo pensando escribir un día que me vea con ganas. Contra él y contra la autora de 100 personajes que destruyen España. A lo que iba, calor, dolor, rubor y tumor. Genial.

     El grueso hinchazón y los dolores más que intensos se disiparon con cierta rapidez. Ahora mismo aún sigue dolorido, una sensación un poco desagradable, pero perfectamente soportable. Está un tanto hinchado, sobretodo en la zona del inoculado, y no tiene todo el tacto, está algo acartonado. Mientras tanto he seguido las indicaciones y lo meto en agua muy caliente con sal y desinfecto, por eso de que las bacterias no se pongan a trabajar en un proceso infectivo. Esperemos.

     Y por hoy hasta aquí. He quedado para comer fuera dentro de un rato, y no quiero llegar tarde. Tendré que calzarme unas sandalias playeras y pasear mi meñique con indicios de gigantismo por un restaurante de cierto rango. Que no me miren mal, que voy a pagar lo mismo que los demás que por allí andan moviendo el bigote.

     Buenas tardes a tod@s. Sean felices y cuidado donde pisan.

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Friday, July 20, 2007

El fin de Berlín

     De acuerdo, a la tercera va la vencida. Tengo pensado rematar lo que me queda por decir de Berlín en este post. He estado cargando las pilas escuchando música animada. Grace Kelly de Mika, Chup Chup de Australian Blonde y Flowers on the window de Travis concretamente. Energizado comienzo la descripción que, alguien que sigue sin comentar, aseguraba le hubiera pasado por extraída de guía turística o reportaje televisivo. Nada más lejos de la realidad. Uno a pesar de ser un verano que no lo parece, tiene recursos mentales para poner lo que pone, piradas de pinza conscientes incluidas. Al grano.

     Había dejado resuelta la parte más central de la capital germana, por lo que me desplazo al otro lado de Tiergarten. El occidente cercano. Allá donde se levanta la estatua de Siegessäule. La dorada Diosa Victoria de áureo teñida en sus 62 metros de altura. En la gran plaza del parque. Destaca sobre la extensión verde como ninguna otra cosa podría hacerlo. Verdosas son también las aguas, a veces con un olor excesivamente peculiar, de Neuer See, la laguna de contorno más que irregular del parque. Muy cerca se encuentra uno de los lugares en los que mejor me lo pasé de la ciudad. Salidas por Hackescher Markt Berliner Weisser Grüns en abundancia aparte.  El Zoo.

     Para empezar la fascinación de descubrir un lugar en medio de una ciudad tan integrado en el entorno y en la cultura berlinesa. Destaco el carácter peculiar del recinto por alejarse del concepto habitual que por estas latitudes europeas, supuestamente más cálidas tenemos de semejantes lugares lúdicos. En Berlín han conseguido una integración increíble. Uno tiene la sensación de pasear por un parque cualquiera de su ciudad, con la salvedad de poder encontrarse gorilas, cebras, osos hormigueros, pandas o polares, jirafas, pingüinos y demás campando libremente por el lugar. Estéticamente la supresión de muchas barreras visuales a las que estamos acostumbrados en los zoos, es sin duda el gran logro de este lugar, que recomiendo para cualquier visitante de la ciudad. Admito, claro está, una excesiva antropización de los animales, pero mejor eso y verles bien, que tristes cebados y cerrados.

     La visita al zoo no queda completa si uno no se sumerge en su acuario y terrario. La idea de trasladarse a un microclima, que bien me recuerda a la Ciénaga de Zapata, que visitara en Cuba tiempo atrás, es de lo más interesante. Pasear por un puente de madera bajo el cual tortugas, cocodrilos y caimanes nadan o reposan plácidamente a poco más de dos metros bajo tus pies impone respeto y da emoción para gente no demasiado miedosa. Ni que decir tiene para alguien aficionado a los acuarios tropicales, como yo, que lo que se puede disfrutar en ese entorno le deja a uno atónito. Veánlo, no lo duden.

     Casi frente al Zoológico se encuentra la turística Plaza de Breitscheid con sus tres emblemas. El Europa Center. Un giganntesco centro comercial con unas fuentes móviles y un reloj hidráulico que captan incluso más atención que cuantas tiendas y restaurantes se encuentran en el edificio. La casi derruída Iglesia del Kaiser Guillermo Primero. Bombardeada a discreción en 1943 quedó con su característica cúpula que los berlineses comparan con un diente mellado. No se reconoce el típico verdor en las alturas, la verdad. Frente a ella un nuevo y modernista campanario, y una pequeña iglesia igualmente modernista, octogonal y recubierta de cristal azul. El tercer y último emblema. La fuente de granito rojo conocida popularmente como Wasserklops, es decir, la albóndiga acuática. Entre los tres emblemas serpentean miles de personas ávidas de turismo y compras en la zona.

     A partir de esa zona de abre Kurfürstendamm. Una de las zonas más lujosas, y hasta glamurosas para quienes sean capaces de visualizar este concepto, de la ciudad. Donde las tiendas de las mayores y mejores marcas de lo que ustedes imaginan van situándose a lo largo de la inmensa avenida. Los edificios más clásicos y lujosos se combinan con los colosales de reciente construcción y caprichosa arquitectura acristalada. Un sitio para perderse en un paseo. Poco tranquilo, por el bullicio de la zona, pero merecedor de un gastado de suelas.

     Por la zona queda en gran supermercado y tienda de moda de Berlín. Kaufhaus des Westens, que sinceramente no recuerdo que quiere decir. KaDeWe para todos los alemanes. Allí encontrará usted cuanto quiera. A que precio es ya otro cantar. Relativamente cerca está la plaza de Savigny. Un lugar que para mi gusto concentra una esencia puramente berlinesa. Edificios antiguos con pequeñas tiendas en sus bajos cerca de una estación de tren con mucho encanto, en la que por cierto está una librería fascinante. Olor a café, terrazas y ambiente distendido. Nada de lo que uno pensaría de Alemania desde España. Digno para perderse unos cuantos minutos.

     Al este de Berlín, y alejándonos del barrio de Charlottenburg, se encuentra el palacio Schloss Charlottenburg. Residencia veraniega de Sofía Carlota, esposa de Federico III. Lujo y grandiosidad centroeuropea en un edificio inmenso, de arquitectura sencilla, pero capaz de dar un encanto a una zona no demasiado bonita de la ciudad. Los cuidadísimos y barrocos jardines traseros acaban en una laguna, no sé si artificial, en la que los ánades llevan su vida tranquila en un gigantesco oasis acuático. Me quedé con las ganas de entrar dentro, pero cierran los Lunes. Ténganlo en cuenta, sino, siempre queda perderse en la paz de los jardines traseros y comer con la ayuda de los gorriones que por allí pululan.

     Un lugar importante en la capital alemana es en Checkpoint Charlie. El antiguo puesto fronterizo del muro. Aún se conserva la cabina, donde un par de bellas señoritas posan, previo abono de 2€ para una foto de recuerdo en un entorno que trata de recordar los años 50. En este lugar se alza el famoso cartel que indica estamos abandonando el sector americano, para meternos en el ruso. Supongo que trataban demeter miedo y eludir responsabilidades.

     Creo que por último, citar el Berlín turco. Ese que tiene esencias en el aire y especias en la vida cotidiana. Oranienstrasse con su mercado de flores, donde brillan los espléndidos girasoles que tanto gustan a los alemanes. La Moritzplatz, para sentarse a ver la vida cotidiana de los turcos emigrados y que aún conservan algunas tradiciones, es un bonito lugar para perderse un rato.

     Estoy seguro de que se me han olvidado un montón de cosas que a priori pretendía contar. Tampoco importa ya demasiado, Me he purgado bien la mente, y por supuesto quien quiera, que no dude en preguntarme. Lo que esté en mi mano haré. Para rematar este post, largo, ya lo sé, recordarles que Berlín merece la pena mucho más de lo que parece. Si no saben donde pasar unos días, y aceptan la sugerencia. Piérdanse por la ciudad de los tilos y descubran todo lo que les ofrece.

     Buenas tardes a tod@s.

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Wednesday, July 18, 2007

El verano es lo que tiene…

     Sí, es cierto, prometí un post acerca de mi viaje a Berlín hace ya un buen tiempo, pero como ya han leído el título poco más tengo que excusarme. Lo cierto es que además de la vagancia que porto conmigo por el simple hecho de existir, después de aterrizar de tierras germanas tuve una visión muy acerada y me fui a la casa de la playa, donde las conexiones wi-fi no codificadas no existen. Por existir no existen casi ni las redes inalámbricas, pero tampoco tuvo demasiada importancia.

     Este verano que no parece tal por estas tierras del norte español, es el mismo que me ha hecho volver a casa. Me he hartado de tener playa y mar a no más de cien metros y no poder hacer uso y disfrute de ellas. Este verano que parece un otoño con caprichos de sol me ha traído de nuevo al blog. Los escasos días de mar y sol me han dado tiempo para pensar que quiero contar.

     Bueno, me han dado muchas ideas mejor dicho, de tal modo que en este mismo momento en el que tecleo, aún no estoy convencido de como hilvanar las palabras para sacar una historia sin perderme en divagaciones. Tengo ganas de criticar ferozmente a Curri Valenzuela por lo que ha publicado recientemente. Un libro al que paso ganas de llamar basura. Más potente que los enemas contra el estreñimiento. Pero esto sería dar publicidad de algo que no merece la pena, y que particularmente espero caiga en el olvido con una velocidad mayor que la de la luz. Seguro que C., antiguo compañero de trabajo considera la obra excelente. Como ya saben lo mal que me cae semejante personaje, otro día les critico con gusto a él y a la autora del libro, que no me atrevo a llamarla escritora para no ofender.

     Me centro y hablo un poco de Berlín que lo debo y me lo debo, ambas dos. Es una ciudad fascinante. Amplia, llena de espacios verdes, zonas sin edificaciones, grandes avenidas. De arquitectura brillante, donde conviven las antiguas casas de Nikolaiviertel con fascinantes edificios modernos en los que cristal, vidrio y hormigón son materiales más abundantes. Tiene una extensión inmensa y el transporte lleva la mecánica de la puntualidad alemana hasta extremos increíbles.

     Tiene muchas cosas que ver, también que disfrutar. No se pierdan, aunque a mí personalmente me pareció más pequeña de lo que esperaba, la Puerta de Brandemburgo con su cuadriga de cobre oxidado coronándola. Pasear bajo los tilos en Unter den Linden es otra gran experiencia, lo mismo que perderse en el gigantesco jardín de Tiergarten, donde uno pierda la noción de gran ciudad para adentarse en un terreno donde la naturaleza brota con todo su esplendor. Al menos a mí me sorprende el concepto alemán de parque. Dejan crecer las cosas como lo harían en medio de la naturaleza, cuidado únicamente algunos céspedes esenciales.

     El Sony Center y la anexa Plaza de Postdamer rezuman el modernismo de una gran ciudad pinceladas de arquitectura moderna realmente soberbia. Yo recuerdo con especial cariño los enormes cojines que pusieron durante mi estancia en plena plaza, y en la que pasamos unos cuantos minutos reposando tirados en pleno centro berlinés, después de una jornada de mucho caminar. Impresiona ver la cúpula que cubre el Sony Center, el edificio que tuvo que ser desplazado para la construcción de la nueva plaza y el camino que lleva, siguiendo la Ebertstrasse hasta la Puerta de Brandemburgo. Sobretodo cuando uno se encuentra con el impactante Monumento a los Judíos Asesinados de Europa. Una enorme extensión laberíntica de bloques de hormigón, tanto más altos cuanto más se adentra uno en las entrañas de la obra. Hay quienes detestan la obra, a otros nos parece genial.

     Me encantó la Plaza de Marlene Dietrich, con su globo azul metálico y la laguna artificial bajo la que circulan coches en un túnel. No muy lejos de allí se encuentra el Kulturforum, con sus museos y la Filarmónica, donde tuve la suerte de disfrutar de un concierto inigualable una tarde de Viernes. Un poco más al norte, al otro lado de Tiergarten, está El Reichstag, sede del Parlamento Alemán. Edificio maltratado por la II Guerra Mundial y recientemente transformado en icono berlinés por Norman Foster. La cúpula acristalada y abierta en su cumbre, a la que se accede por una serpenteante rampa, hasta llegar a otear el cielo de la capital alemana, puede impresionar, y hasta dejar el corazón en un puño. Grandeza sobre un edificio desde el que se divisa la basta extensión de la ciudad.

     La Plaza Alexander con su Torre de Comunicaciones, bien parecida al Pirulí español, pero en gigante es uno de los lugares más bulliciosos y a la par más encantadores de Berlín. La gran Fuente de Neptuno al final de la plaza es fabulosa. Lo mismo que la vista del Ayuntamiento Rojo de Berlín. Cerca queda en Marx-Engel Forum, con una estatua enorme de ambos personajes históricos.

     Una mención especial merece la Catedral de Berlín, con su tejado verde de cobre oxidado. Merece la pena visitarlo. Sobretodo cuando a uno le enseñan unos turistas gallegos, antiguos emigrantes en el país, cómo se entraba gratis. Otro gran descubrimiento, lo mismo que el enorme órgano y la sala de tumbas. Para rematar esta zona céntrica de Berlín, queda pasear por la Isla de los Museos, con el Bode y el Pergamo al frente. Ver la Universidad Humboldt, la Ópera. Dejarse llevar por el lujo en las galerías más lujosas de Friedrichstrasse y reposar en alguno de los bancos de la Plaza Parisier, mientras la avenida de 17 de Junio se abre paso por medio de Tiergarten, visto a través de los arcos de la Puerta de Brandemburgo.

     Ya hay mucho que leer para este post, no quiero ser tan extenso como en el anterior. Prometo una tercera parte, para comentar las maravillas de otros lugares de la ciudad en la que pasé unos días inolvidables. También procuraré, ya que el tiempo me acompaña, dilatarme menos en la publicación de mis palabras.

     Buenas tardes a tod@s.

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Thursday, July 5, 2007

Bajo los Tilos

     De ahí acabo de volver. Unter den Linden, término alemán que significa precisamente “Bajo los Tilos”. Y es que si hay algo más típico de Berlín que las salchichas, son sus tilos. No sólo el nombre de la más célebre avenida de toda la ciudad lleva ese nombre y alberga centenares de dichos árboles. Toda la ciudad está cuajada de ellos. En esta época con el fruto maduro tiñendo de amarillo las copas verdes. En resumidas cuentas, he descubierto Berlín.

     Es una ciudad fascinante. De una extensión inmensa, y sin embargo viven en ella tres millones y medio de personas. No es que sean precisamente pocas, pero en todo el área que ocupa la capital germana bien podrían caber, al estilo de las grandes urbes o capitales habituales diez o doce, y seguramente más millones de seres humanos. No sé si alguna de las personas que me leen ya conocen la ciudad, pero desde luego, si me dejan hacerlo, me tomo la licencia de recomendársela.

     Hasta allí me llevaron mis continuas ganas de conocer lugares y la posibilidad de alojamiento gratuito. Mi amiga I. vive en la ciudad desde hace poco más de un mes. Con eso y poco más giré mi vista a la capital antaño dividida por un muro y hasta allí me fui. Este post, que ya imagino resulta bastante largo, por lo que me excuso de antemano, es una pequeña pincelada de cuanto vi, sentí y viví todos estos días en Berlín.

     Todo empezó con un vuelo que me llevó de Asturias a Madrid. El último de la noche. No quedaba más remedio que hacer noche en Barajas. No tenía otra buena y económica combinación. Sobretodo económica, todo se diga. Además la hora de vuelo de Madrid a Berlín, a las 6:45 AM, prácticamente descartaba otras posibilidades.

     Es horrible, más cuando se viaja solo. El porrón de horas de espera me resultó exasperante. Y eso que tuve suerte de poder establecer un buen montón de conversaciones con unas cuantas personas. Entre las cuales destaco a la familia de mi misma ciudad que también hizo noche en el aeropuerto y con quien hablé largo y tendido. Con ellos me pongo luego. Haré un repaso de la fauna aeroportuaria de modo cronológico. Digo lo de fauna con todo el respeto e incluyéndome. De sobra sé que somos personas.

     Comienzo con la profesora de Flamenco milanesa. Veintitrés años. Madre de un niño de un año y medio que vino a dejar un mes con su antigua pareja y padre de la criatura. Un ingeniero aeroespacial, según los datos que me aporto, diez años mayor que ella, y de quien estaba sentimentalmente separada desde que nació la niña. Había pasado dos años en Madrid, y ahora desde la separación estaba en su país. Llegó un día por la mañana, entregó al niño y se quedó a pasar noche en la Terminal 1 del aeropuerto, hasta que a las 8:00 AM despegara su vuelo a Milán. Me dio hasta miedo la forma en la que me contaba las cosas. Con pesadumbre y más quejido del que me gusta. Ahuequé el ala en cuanto me fue posible.

     La familia argentina. Tuvieron problemas con el vuelo de salida de Buenos Aires, así que tuvieron que llegar por separado. Primero el padre y la hija. Al mediodía siguiente llegaba la madre, en el próximo vuelo. Aterrizaba a las 15:15 PM. Les tocaba pasar muchas, pero que muchas horas en Barajas. La niña era el vivo retrato de su padre. Ambos con ojos azules y melena rubia. Tenía energía para dar y tomar, tanta que una vez consumida cayó rendida en el sofá donde se quedó dormida durante horas. Allí dejé a un padre que no paraba de sonreír al verla dormir, y que se veía completamente feliz, cuando me fui a facturar.

     Mientras tanto montones de personas se equivocaban en el acceso a las puertas de embarque. Las Tarjetas de Embarque indicaban puertas “B”, y un acceso se encontraba cerrado. No el otro, pero ni a tiros parecían acertar algunos y algunas. A un buen montón nos tocó decirles que era por la otra puerta. También una limpiadora de origen búlgaro hubiera merecido un buen sobresueldo en su labor de informadora.

     La familia. Pija no, pijísima. También es cierto, y sobretodo más importante que me amenizaron parte de la noche hablándome de sus fabulosos viajes por el mundo y otras cuantas cosas más. Unas nímias y otras verdaderamente filosóficas. Los padres pijos, pero los hijos, de 17 y 18 años eran casi para echar de comer a parte. No puedo con ese pijerío, aunque, y siempre con la verdad por delante, fueron muy agradables, amenos y conversadores. No es que haya cambiado mi modo de pensar, pero espero que sean una excepción a la regla. Lo más, llamémosle impactante vino cuando tuve que ayudar al padre de familia. Fue al baño y vomitó. Algo le había sentado mal. De vuelta más pálido que quien ha pasado tres meses en un hospital, tuvo que tumbarse en el suelo y yo pacientemente le sostuve las piernas en el aire hasta que comenzó a recuperar color y ánimo. Volvió a separarnos su hora de facturación. Se iban a Roma a las 5:55 AM.

     La familia sevillana. Lo más divertido que uno se puede echar a la cara. Dos hermanos que se iban a Lyon, a quien acompañaba su padre en la cola de facturación. El padre un enamorado de Asturias. Ni que decir tiene lo que eso me gusta a mí. La hija, muy guapa, por cierto, estudiante del lenguaje de signos. El chaval guasón a reventar. Habían salido de Sevilla a las siete de la tarde del día anterior, y en la cola a las 4:15 AM mantenían una gracia infinita y no pensaban nada más que el un poco de jamón, cervecitas y olivas. Encantadores.

     Detrás de ellos en la cola inmensa se encontraba M., un polaco de Erasmus en la Facultad de Veterinaria de León. Su destino también Berlín. Un tipo de lo más peculiar y extrovertido. Con él estuve desayunando a una hora intempestiva, y me hizo firmarle una bandera de Asturias. En sus meses de estancia en León había conocido a un número más que curioso de paisanos míos. No pudimos volar juntos en la salida de emergencia a Berlín por culpa del par del siguiente grupo. Un tipo curioso que me sirvió a la llegada al aeropuerto.

     El tipo más feo de cara que haya visto yo en bastante tiempo y su amigo el de las espinillas y el piercing en la lengua son el segundo grupo. Su amigo el durmiente lo cierra. Se ve que no fueron de mi agrado, y lo peor, volaron junto a mí. Eran tres, argentinos para más señas, por acento y conversación lo supe. Pertenecían a un grupo de embarque posterior al mío, pero como nos llevaron en autobús a pie de avión, se quedaron pegados a las puertas y echaron a correr en lugar de ser educados o legales, y esperar un poco. Se situaron con toda su cara en la salida de emergencia, más cómoda, por supuesto, y a la que siempre recurro por mi tamaño. Ni que decir tiene que en esta compañía no se vuela con asiento asignado, de ahí el problemilla. Como digo eran tres individuos de pelo sucio, pero yo, sin saberlo, me metí entre ellos a la hora de embarcar, de tal modo que ocuparon las dos plazas de la salida de emergencia de pasillo y centro, pensando que la del pasillo, y ya única libre, sería ocupada por el ya citado durmiente.

     Ni de coña. No me dio la gana después de ver la maniobra. Llegué al asiento y se pusieron a decirme que estaba reservado para su amigo. Les dije que nada más lejos de su imaginación. Cada cual se sentaba donde podía, cuando llegaba, nada de guardar el sitio. Todos queremos salida de emergencia. Por supuesto que remarqué sobremanera el hecho de que le habñian echado mucha cara y que pertenecían a un grupo de embarque posterior a mí. Caras raras y mi culo sobre el asiento que me llevó a Berlín. Por supuesto ni me miraron durante el vuelo. Poco me importó. Antifaz y a dormir cuanto pude.

     Los últimos a los que conocí, una vez aterrizamos, fueron a una pareja de León. Muy amables, me acompañaron en el tren Airport Express hasta que llegaron a su parada, a mí me quedaba una más. Poco puedo decir de ellos, salvo que él ya había estado en Berlín y ahora se llevaba a su novia a beber y beber cerveza e ir a buenos clubs en los cuatro días que iban a pasar en el país. Espero que les haya ido bien.

     Veo que el post es ya largo, pero que muy largo, sobretodo teniendo en cuenta que hasta aquí sólo he contado mi llegada. Voy a hacer algo que creo no haber llevado a cabo hasta ahora. Dividir en al menos otro capítulo esta fascinante aventura. Por ello quiero cerrar, rematando con otros personajes curiosos que me encontré a la vuelta, y recordando también en este punto a mi paisana y azafata de vuelo, o TCP, del vuelo de ida, que me invitó a un café precisamente para hacer un podo de patria. Gracias a M.

     Aquí también las palabras para la señora de seguridad que sistemáticamente siempre mira como pongo las cosas en la bandeja para pasar por el arco de seguridad. Mira que paso a horas bien distintas por el aeropuerto de Barajas, que hay gente de seguridad trabajando allí, pero las últimas cuatro veces, si mal no recuerdo, allí está la señora, que imagino, por su forma de hablar español, proveniente de Europa del Este. Yo procuro ser medianamente amable, porque tiene una mala leche y cara de pocos amigos más que destacable. Conmigo siempre se porta correctamente, la verdad.

     Lo dicho, algún personaje aeroportuario más, pero en este caso a la vuelta. Comenzamos con el ejecutivo agresivo. Mi compañero de regreso a Madrid. Se pasó todo el vuelo preparando un Power Point sobre estrategias de mercado y leyendo apuntes extraños sobre macroeconomía en inglés. Sólo pude saber que trabajaba dos días a la semana en Madrid y tres en Berlín, y que del avión se iba a su oficina en el Paseo de la Castellana.

     La alemana con miedo a volar. Pobre señora, que angustia pasó. encima el vuelo de vuelta fue complicado. Además de los diversos baches y turbulencias varias que tuvimos durante todo el trayecto, especialmente de llegada a Barajas, el primer descenso fue fallido.

     El tren de aterrizaje ya estaba desplegado, debían faltar escasos metros para tomar tierra cuando el comandante de vuelo levantó el aparato hacia arriba a toda velocidad y con una gran inclinación. Nos pasamos un rato estupendo dando vueltas hasta que de nuevo se decidieron a darnos pista. La pobre señora que ya lo había pasado muy mal, no se nos murió del susto por poco. No había nada que la calmara, se puso a llorar y todo. Entre tanto y con más baches la gente se mareó y puso a vomitar. Yo no tuve esa mala suerte la verdad.

     Otra argentino al que el overbooking le dejaba hasta la 1:00 AM en Barajas a la espera del siguiente vuelo. Algo más de diez horas muertas para morirse del asco, sobremanera cuando uno ya llevaba tres en el aeropuerto. Debe ser que la edad me hace perder la paciencia. No sé como lo hubiera podido resistir este que les pone las palabras.

     Por último y para acabar la pareja de asiáticos que estuvieron sentados a mi lado en la espera, mucho más corta afortunadamente hasta que saliera mi vuelo a casa. Vuelo en el que coincidí con una abogada amiga de mis padres, con quien vine sentado, y con una antigua compañera de instituto que no respondió a mi saludo, que desde luego vio.

     Digo asiáticos porque sinceramente no tengo ni idea de que país eran originarios. Por elucubrar los hacía indonesios o tal vez filipinos, porque junto con los rasgos orientales destacaba su color de piel muy moreno. Lo que supe, además de que eran pareja por los efusivos besos, abrazos y caricias que se daban de vez en cuando, cosa que aún hacía mirar de reojo a quienes no comprenden a los gays, o siguen viendo extraño que una pareja de hombres en este caso, o mujeres en cualquier otro, se besen y se profesen amor. Al grano, lo que supe es que vivían en Noruega, ellos me lo dijeron, lo mismo que su viaje a Madrid se había producido para ir a la fiesta del Europride 2007, y que se habían quedado unos días más. Todo esto regalo del padre adoptivo del menor de ellos al haber cumplido dieciocho años. Al otro no le echaba más de veinte. La mar de majos.

     Y hasta aquí, lo prometo. Mañana, o quizás hoy, por eso de la hora que es, aunque más tarde, colgaré algo más sobre la ciudad en la que estuve bajo los tilos. Es más, lo mismo pongo hasta una foto que me gusta especialmente y en la que aparezco. Perdonen la extensión, pero necesitaba una buena purga de mente.

     Buenas noches a tod@s. Auf Wiedersehen. Gracias I. por todo.

Posted by Purga de mente at 23:23:53 | Permalink | Comments (2)