Ya no digo más que soy vago. Ya lo saben. También tiene parte de culpa el verano. Para cuatro días de sol y buenas temperaturas que tenemos por estas latitudes, uno los aprovecha como puede. Al grano. Voy a resumir, por esto de que ya me puede más la vergüenza que la poca gana, algunas de las tropecientas cosas que he hecho desde el último post hasta este mismo día. No es que me haya quitado la idea de la cabeza de criticar con cierta saña a cierta periodista por cierta publicación, más vomitada que escrita, y de la que he hablado con anterioridad. Con el arcaico profesor de Inmunología y su comprensión de la vida también afilaré las teclas, que no la estilográfica en un pronto, espero, post. He oído hace un rato a Peñafiel hace un rato decir tonterías, que es lo que siempre dice, por mucha cultura que se supone, yo sólo se la supongo, porque la cultura debería dar educación, y de eso no tiene nada, y también me están entrando ganas de hablar de él. El día que me ponga va a ser la leche, que leche… la ostia!
Después de que me picara el jodido pez en la playa, accidente del que ya estoy del todo repuesto, a pesar de haberme resentido bastantes más días de lo que yo esperaba, no he dejado de ir a ponerme a remojo a la playa. Digo ponerme a remojo, porque yo, lo de dar vuela tras vuelta al sol, como una de mis fieles acompañantes, como que me revienta. Bastante tengo con pasarme la jornada unta que te unta cremas solares con protecciones infantiles. Lo de la piel tono blanco nórdico y los problemas de pigmentación, que afloran como miles de lunares que se van fusionando, es una jodienda. Me desquito nadando hasta que me arrugo como una pasa.
Yo soy de los que lleva el equipaje completo a la playa. Para no aburrirme sobretodo. La concentración de la compañía para captar rayos solares hace que su conversación sea inexistente, o casi. Así que me planto en los prados circundantes a la playa (Lo de la arena lo dejo para cuando no me queda otro remedio) con el periódico del día, un buen libro, bueno, a veces sólo un libro que descubro que no me gusta tanto, el mp4 bien cargado de canciones y gafas de buceo. Lo de la toalla, la tumbona y la silla, ya se da por supuesto. Evidentemente voy en coche. Ya imaginan que todo eso no lo puedo cargar tan fácilmente. Por cierto, caigo en la cuenta de que aún no he mandado las fotografías digitales para el concurso veraniego que premia las mejores, o más originales instantáneas en diversas categorías. Siempre participo, a ver si alguna vez me toca algún premio.
En este punto indico que acabo de pasar 40 minutos exactos al teléfono. Poniéndome al día con A., recién llegada de una especie de congreso en Armenia. No tenía ni idea, sino ya saben que le hubiera pedido una postal de recuerdo. Será para otra, total, no me cabe duda de que volverá a algún destino exótico, o al menos original.
A. no pudo ir a la boda de su amiga, también conocida mía, y sobrina de la directora de mi Tesis (Que cosas), L. Se casó el pasado Viernes, tan por todo lo alto que sólo veo a los Beckham capaces de ello. En la Catedral, con ágape posterior en el más lujoso y famoso hotel de la ciudad. Ese donde se celera la recepción de los Premios Príncipe de Asturias. Tiene ganas de ver las fotos, no se la imagina vestida de novia. Yo tampoco. Pero como soy cotilla también quiero ver las fotos.
L. se ha casado con J., un estadounidense licenciado no sé bien en que extraña combinación de carreras, que recientemente, e al igual que L., se ha doctorado en Cambridge. Concretamente en Historia y Filosofía de la Ciencia. Una de estas cosas que uno ni siquiera imagina que existen. Soy ignorante, que le voy a hacer. Su viaje a México. Conociendo a L., la hubiera ubicado más por Tahití u otro destino más lejano y paradisíaco, la verdad. En Septiembre abandonan Cambridge y se van a vivir a Boston, donde el recién estrenado marido empezará a dar clases en Harvard, continuando con su postdoctorado, y L. hará un máster. A veces me sorprenden ciertos tipos de personas con las que me relaciono.
De boda a boda. Por estas fechas, hace unos pocos días, se ha cumplido el primer aniversario del enlace de M. y A., compañeros de carrera. Muchas felicidades por este año. Adelante, y a seguir con ello. Por cierto, esperad para tener hijos, que me siento un poco mayor ante la avalancha de embarazadas jóvenes a mi alrededor. En este momento me plano en una disyuntiva. Hablo primero de las embarazadas o sigo con M. y A. y algo que quería enlazar relacionado con ellos.
A lo segundo, que viene más al tema. En el blog personal de M., que se encuentra unos días de vacaciones, en mi bien querida Londres, junto con su esposa (Esto me suena rarísimo), y que es sin duda uno de los mejores blogs que conozco, habla de un restaurante al que fueron a celebrar el aniversario. Un restaurante estupendo que también me gusta mucho, con una cocina de autor fabulosa, de esas que es capaz de saciarte. Esto me hace hilvanar por la ruta gastronómica, antes de proseguir con los embarazos.
El perro que fuma. Ese es el nombre de un restaurante de cocina de autor, de la buena de verdad. De la que pagas por comer, y de verdad te vas con el estómago alimentado. Os lo recomiendo pareja, es fabuloso. A vosotros y a cualquiera que desee pasar una velada muy a gusto en un sitio con todo el encanto del mundo. El que quiera más información, que me pregunte, que paso al inciso de la preñez.
Cuatro personas de mi entorno, las mayores de mi edad, se encuentran esperando descendencia. Tres niñas y un niño. Ya ni menciono a las que tienen hijos hace algún tiempo, que también las hay. Queda una tercera, que va a traer al mundo al ser, de sexo desconocido, que será primer sobrino o sobrina de S., Sólo que su hermana ya supera en unos pocos los treinta. Las cuatro personas, o sus parejas, van a ser padres y madres de aquí a poco más de seis semanas. Les deseo lo mejor, por supuesto.
Con dos de las madres y sus barrigas tremendas he estado estos días en las fiestas de prado de al lado de mi casa. Que barbaridad de fiestas. Este año más desbordadas que nunca. Parecía impensable que cupiera más gente, peor creo que así ha sido. Tengamos en cuenta que ayer Martes pasadas las cinco de la madrugada el prado estaba lleno de gente cantando frente a la orquesta. Imaginen el Sábado. No imaginen, vengan a las próximas.
Por ir, también me gustaría ir a ese pueblo imaginario que evoca Elvira Lindo en Otro Verano Contigo - Tinto de Verano 3, el libro entretenido que he llevado a la playa y que ocupa parte de mi tiempo de lectura. Jovial, divertida, con la cotidianidad como lema principal, las historias que se tejen en esta pequeña serie de cuentos le hace disfrutar a uno de lo lindo, con Lindo. Que espantoso juego de palabras, estoy por quitarlo. Tengo que decir que compré los libros en rebajas, y digo los libros porque me compré tres el otro día del tirón. He empezado con este y sólo espero que los otros dos me gusten tanto.
Las rebajas, esa es otra. Una de las actividades veraniegas más típicas. La mayor parte de personas nos lanzamos a la ropa, aunque ya ven que algunos aprovechamos otros artículos. Esto no me exime, sin embargo, de la tentación textil. Este que purga su mente, también ha caído en las garras del descuento.
Mi única intención era comprarme una camiseta nueva. Cada verano suelo comprarme un par de ellas o tres para tener ago nuevo que lucir y estrenar, y porque son una de mis perdiciones, las camisetas. Además, mi hermano me había comprado una hacía poco tiempo. Que fatal error. Para empezar no compré una sola camiseta. Había oferta llevándote dos. Y así fue. Dos camisetas. Bueno, eso para empezar. Siguieron unos playeros, dos pares de calcetines y un polo de Polo, como siempre recalca mi madre. Aún me pregunto cuanto me hace falta o cuanto me gusta comprar. Lo peor sin embargo no acaba aquí. Cierto sea que no compré nada más para mí. La que se lució fue mi progenitora.
El médico debería prohibirle pasar por delante de ciertos escaparates de la ciudad. Bien pulida mi banda magnética de la VISA, vamos a tomar un café a un sitio muy guapo en el centro de la ciudad. Que tremendo error. Para llegar, hay que atravesar la calle en la que el diseñador Javier Simorra tiene su tienda. El imán para mi madre. Le encanta casi todo lo que hace, mi padre dice con cierta resignación, que con especial predilección para las faldas de más de 350€. Tienen una boda a la vista, y claro, las señoras no repiten modelo ni muertas. Y a pesar de haberme jurado que no llevaba la menor intención de comprar nada ese día, una vez entrada en la tienda, y pasada más de una hora prueba aquí prueba allá, salió con su nuevo modelo del que creo es su diseñador favorito.
Por cierto no veas que forma de camelar y vender tienen las empleadas de estas tiendas. Son todas unas artistas del piropo y el paso de VISA. A pesar del gran descuento que tienen las prendas, yo sigo sin atreverme a decir lo que dejó en la tienda. Sin embargo me quedo con esa frase de que, claro, una falda presentada en la Pasarela Gaudí (creo que ahora ya la llaman Barcelona) no es ni cualquier cosa ni barata. Que conste que va a ser la más guapa de la boda, a excepción de la novia. Más que nada porque debemos suponer que es la protagonista, no porque no las haya horrendas.
Y ya poco más. Aunque lo crean he resumido, e incluso omitido ciertas historias que querría contar, y que la escasa abundancia de post hace que tenga que concentrar, por vagancia repito, en estas entradas más grandes de lo que me gustaría. Yo es que no aprendo ni a palos, ya ven.
Buenas tardes, o casi noches, a tod@s.