El día ha sido de lo más azaroso. Poco menos que una contrarreloj continua hasta este mismo momento, a partir del cual lo único que pienso hacer es cenar, relajarme y acostarme pronto. En general la semana ha sido muy movida, y he llegado a este instante en agotamiento físico y mental. Literalmente me quedaba dormido esta tarde en el autobús.
Por la mañana, madrugón nuestro de cada día, que ha costado más que otros viernes anteriores, que ya me resulta bastante duro. De la que llegaba al colegio una caravana bestial inundaba de metal de diversos colores la salida de la autopista. Esperar, esperar hasta desesperar. Encima se perdía la emisora en la radio y un camión gigantesco salpicaba delante nuestro por doquier. A pesar de todo he llegado con poco retraso al trabajo.
Más tarde, ya en el laboratorio de la Facultad, lo que pretendía era resolver un par de asuntos rutinarios y llamar a C. para felicitarla por su veintisiete cumpleaños. Nada más lejano a al realidad. Me encuentro a un trío de profesoras martillo en ristre intentando colgar pósteres de ponencias en diversos congresos y eventos en los que se han presentado las diferentes líneas de investigación en nuestros laboratorios. La estampa cuanto menos resultaba curiosa. Una catedrática subida encima de una escalera de tres peldaños recibía el martillo de otra profesora, mientras una tercera sostenía la escalera y miraba la rectitud y correcta colocación de los enormes carteles. Todo esto es por las jornadas de puertas abiertas que vamos a vivir el próximo Martes. Hay que lucir cuanto se pueda para que la gente observe que todo lo que hacemos, a veces sirve para algo.
¿Que ocurre en cuanto las tres mujeres de bata blanca me ven cruzar la puerta de entrada? Efectivamente suponen bien. Me requieren para la colocación de los pósteres. Yo no necesito escalera y parece que tengo más tiento para clavar, colgar y pegar los susodichos. Como no sé tener la boca cerrada ni la lengua quieta, se me ocurre la genial idea de comunicarles la existencia de tablones libres para la disposición de más carteles. Llamada a Secretaría y a buscarlos. Los paneles son grandes. En teoría exigen ser transportaos por dos personas. A poder ser no dos profesoras menudas. Desplazamientos en ascensor y colocación los mismos, por este que les teclea. Me he pasado un rato cojonudo poniendo los paneles granates donde las buenas señoras disponían. Al final se van a tomar el café y yo aprovecho para comunicarles que tengo que irme a pagar en la agencia de viajes lo que me queda pendiente del viaje a Lanzarote.
Ya no me da tiempo a llamar a C. por la mañana. Voy tirando a pillado de tiempo, he quedado con G. en una hora y tengo que cruzar toda la ciudad en una mañana de lluvia incesante, y pasar por el cajero a retirar una interesante cifra para pagar. Con el viaje que le estoy dando a la tarjeta de crédito este mes, prefiero pago en efectivo, sacado directamente de la cada vez más mermada cuenta. Salgo por la puerta del laboratorio y me encuentro con E. Ha venido a despedirse. Le han concedido el Máster por el que estaba esperando alguna temporada en Portland. Se nos va a Oregón. Naturalmente quiero despedirme de ella. No va a volver por los laboratorios. Yo diría que ya nunca, o muy rara vez, para no sonar negativos. Tengo la extraña sensación de que a partir de ahora, la mujer que se ve a realizar estudios de Fisiología Vegetal de musgos cuya tolerancia a factores adversos es sorprendente, y yo, no vamos a vernos al menos en un buen montón de tiempo. Comunicación por mail imagino que habrá. Como de costumbre más intensa al principio, Yo también, para no variar, le he pedido que me escriba una postal desde Portland.
Presiento que se va a quedar en EEUU, no sé porqué, pero es así. Su novio es un norteamericano Licenciado por la Portland State University en Sport Bussines que trabaja para Nike en la misma ciudad y que acaba de casarse con una hipoteca seguramente por un buen porrón de años. Confieso que de todo esto me he enterado hoy. Sí sabia que su novio estaba en EEUU, pero no que era ciudadano del país de la bandera de barras y estrellas. También supe unas cuantas cosas más, pero no viene al caso. Se me ha, o se nos ha, pasado por la cabeza la posibilidad de que nos veamos en EEUU si a mí me dan ese trabajo en la Costa Este Norteamericana. Los vuelos entre costas, tengo entendido que no son excesivamente caros. Por imaginar que no quede, ya lo saben. Lo que de verdad importa es que le deseo la mayor suerte del mundo en su nueva vida. Enhorabuena E.
Mientras estábamos hablando me llamó G. Quería decirme que me llevaría en metálico la mitad del importe del alquiler del C3 en el que nos desplazaremos por la isla. Por si las moscas y aprovechando, le puse al corriente de la falta de tiempo que ya arrastraba. Por E. no me importa, realmente tampoco por las profesoras. Por haber movido tantos paneles y colgado varios pósteres un poco más. Al menos me quedo con que he colocado el cartel colorista que llevé al Congreso de Biología de la Conservación de Matanzas, en Cuba, en el lugar estrella y más visible de toda la exposición. Si nadie me pregunta por él, el Mártes, ya me encargaré yo de contar algo, descuiden. Por cierto, y para que quede aclarado. En español, o castellano, como gusten, el plural de póster, es pósteres.
Salgo a la carrera después de despedirme de E. con una mezcla extraña de alegría y tristeza. Primero por ella, por su suerte, que bien la merece, y segundo por la sensación de la pérdida de contacto que nos irá separando poco a poco. A pesar de que uno espera que estas cosas no ocurran, ya se sabe que, con más frecuencia de la que queremos, acaba ocurriendo. Cruzar la ciudad a media mañana no es especialmente complicado. El tráfico sigue siendo intenso, pero en condiciones normales, soportable. Pues nada, cuando llueve este hecho común se convierte en pura teoría. Aún así, a pesar de tardar un montón en llegar a la agencia de viajes, después de haber parado en el cajero, no he perdido tanto tiempo como esperaba. G. aún ha llegado un poco después que yo, avisado de mi segura tardanza.
No sé cuanto rato hemos estado frente a la agente, pero bastante. El ordenador, como no, se puso un poco tontaina y no dejaba cerrar la operación. Tras unos cuantos intentos y habernos colado un seguro de viaje, no muy caro, todo se diga, por fin la informática nos concedió una tregua y acabamos el proceso. Todo parecía por fin haberse estabilizado. Cierto es que casi fue así. El remate final fue el hecho de haber comido lentejas. Pocos alimentos odio más que las lentejas. Ya saben quienes me siguen que si puedo me escabullo vilmente a la hora de comer cuando la noche antes las veo a remojo. Hoy sin embargo no tuve escapatoria. Comí las jodias lentejas.
La tarde no fue tan ajetreada, pero sí una contrarreloj. Antes que nada, he llamado a C., la he felicitado y hemos quedado en hacer una cena de grupo para mañana. Después la caravana de veinte minutos, de nuevo a la salida de la autopista. Estro trae adjunto que haya llegado tarde a la cita con mi madre para ir a comprar algunos trapos que necesito para el viaje, y que me ha endosado como regalos de cumpleaños. Hábil es un montón, no cabe duda. Contrarreloj puesto que mi hermano requería el coche para ir a una cita importante. Mientras tanto mi padre con el móvil sin batería. Así que por narices tenía que llevar este coche. Todas las compras, la parada en la modita y la farmacia en una hora. No me digan que no hay que darse prisa.
El remate final ha sido que he llegado a casa medio empapado, No había cogido paraguas al salir por la tarde, porque parecía que había parado de llover. Nada más lejos de la realidad. A la carrera de vuelta a casa. Me he secado, puesto el pijama y tirado en el sofá un pequeño rato, hasta que me han entrado las ganas de teclear. Mientras escribía me he ido a cenar, y ahora estoy aquí, de vuelta, dispuesto a publicar esta nueva purga de mente, y acto seguido dedicarme a algo bien placentero. El Dolce arte del far niente.
Buenas noches a tod@s.