Hoy es el día. Hoy cumples 27 años, y voy a dedicarte este post. Por eso ayer tenía esa extraña sequía, a la espera de que llegara el nueve de Marzo. He estado dando unas cuantas vueltas a las palabras que teclearía esta noche. Podría contar tantas cosas que gastaría las letras del teclado. Tantos momentos que han arraigado en las neuronas, muchos minutos, horas y días en los que hemos compartido mil historias, aventuras, y lo más complejo de todo, el día a día que conforma la vida.
Nos conocimos en Octubre de 2000, el clase. Como te lo cuento todo ya sabes que te recuerdo al comienzo de las clases en la Facultad, con tus muletas y esos andares dificultosos. En primer curso también te tuve enfrente. Tu pelo escandalosamente naranja estaba frente a mí. Miraba con cuidado, no me clavaras puñales al descubrir que P. o yo te habíamos cambiado de sitio en esa práctica. No te diste cuenta, y lo agradezco. El destino, o más bien para quienes no creemos demasiado en su existencia, los gustos nos reunieron en 2000, en tercero.
Recuerdo algunas de las primeras palabras que intercambiamos. Como de costumbre no soportaba ver a alguien que se sentara sin compañía en el aula, y ahí voy yo a dar conversación. Te dije que la profesora que años después se sintiera orgullosa de nosotros y ni dudara en firmar nuestras Tesis, era una pesada. Me había dado clase el año anterior, y no tenía nada que ver con lo que nos encontramos. Decididamente, dar una asignatura con calma y de la que eres un verdadero erudito y apasionado es mucho mejor que verte obligado a contar temas y temas a la carrera. Gracias a ti N. por habernos guiado en el camino.
Anoche había pensado hacer un listado de cosas que hemos compartido. No me daba con dos folios, no pretendo extenderme eternamente en este post. He hecho una pelota de papel y bajo mis pies descansan frases inconexas. Me gusta más la espontaneidad del recuerdo al llegar.
Una noche de viernes coincidimos en el mismo bar, hoy cerrado, bueno, han tirado el edificio, porque fue declarado en ruina. Llevábamos frecuentándolo bastante tiempo, y seguimos haciéndolo hasta que los cascotes decidieron que se habían acabado las risas y las copas, unas veces entrando y saliendo juntos y otras cada cual con los suyos.
Te recuerdo en una salida de campo a la playa. A recoger algas para el herbario. Supe ese día de la profesión de tu padre, y di ubicación a tu apellido entre una de las familias con más renombre y poderío económico de la ciudad, aunque al recordártelo te pongas de mala leche. No importa, tengo razón. Descubrí que en ese momento sentí sana envidia al saber que ya habías conocido Tailandia. Esa asignatura la tengo pendiente. La camiseta de Alfred J. Quack tampoco se me olvida. Fue la primera de muchas salidas de campo, que nunca excursiones, que hicimos juntos. A partir de este primer momento todos los herbarios, por cierto, los mejores y más completos, fueron hechos a medias, compartidos. Cuando tu apuntabas yo recogía y viceversa. Muchas horas de bus sentados juntos, momentos con sidras, meteduras de pata en charcos, recogida de material, fotos a pleno sol.
A la memoria me llega ahora un examen que P. tú y yo hicimos clavado. Copiamos que no veas. Nosotros nos ganamos un sobresaliente y el pobre P. sólo un aprobado. Ya suponíamos que el más excéntrico y jovial de cuantos profesores tuve hacía cosas de estas, y se cumplió. Llega también del recuero cuando otra profesora nos comunicó que no podía darnos la Matrícula de Honor porque sólo le permitían dar una. Yo me quedé a cinco centésimas y tú a una décima. Que sentimiento de rabia que acabó en unas cañas una tarde a finales de curso.
Cañas, cuantas y cuantas cañas y cervezas buenas nos hemos tomado. También vino, como el que pedimos a cargo del curso de verano que hicimos juntos en una comida a la que nos invitó la Universidad. Mañana caerán algunas cañas más, y lo que no son cañas. Me toca pagar la siguiente cena. Hablando de copas no se me puede olvidar la cena de la graduación, con tu desmayo inicial incluido y la escapada que dejó pensando al resto de comensales en plena noche sobre nosotros dos. Todo por un combinado en un bar y unas fotos. Fotos también hubo en el día de la graduación, aunque nunca las he visto, y ya sé que no las veré. Nuestras becas se intercambiaron y no hay constancia gráfica del momento. De ese día no se me olvidará la mayor de cuantas afonías haya tenido. Cinco días para recuperarme del todo. La graduación del año siguiente acabó si cabe aún peor. El vino español fue mucho más de vino que de español, y acabamos haciendo el pino a la entrada de la Facultad. Esta vez con fotos. Sin comentarios.
Enorme fue también ese siete de Septiembre de 2005. Veintitrés horas juntos. Nervios al principio del día. Primero por mi actuación y luego por no saber ni donde estabas y por tu brillante exposición y defensa posterior. De ahí en adelante cañas, cena, que gran cena. Te daba pudor que te invitara, pero bastante hiciste al pasar todo un fin de semana recogiendo muestras conmigo. Perdidos de la mano de Dios, sin cobertura de móvil, sin teléfono ni televisión, ni siquiera radio, me soportaste setenta y dos horas. Menuda paliza al dominó, y menuda picadura de garrapata. Nuca creí que tendría que desparasitar a nadie.
La noche a la que me refería en el párrafo anterior acabó bien de día, con un cansancio increíble y una alegría etílica memorable. Tumbados en un banco mientras yo esperaba la llegada de mi tren en la estación. La cabeza sobre tus piernas y un sueño que aplomaba nuestros párpados. Esa noche caímos en la cuenta de lo poco que nos besábamos. Nos desquitamos, todo se diga.
Noto que hemos invertido muchas horas en fiestas y parrandas varias. Las de verano en el pueblo pegado a mi ciudad. Que comenzaron de cañas a las seis de la tarde y acabaron con la despedida a pie de tren a las nueve y media de la mañana. Por el medio la entrevista de mis padres que soportaste estoica en el sofá de casa, después de tu invitación a la cena. Te daba reparo venir a casa y al final allí estuviste. Pocas veces he tardado tan poco en repararme para salir. Esa fue la noche en la que entre el maíz me descubriste la diferencia entre apreciar y querer. Te dije que te quería y sigue siendo una gran verdad.
Algún momento complicado nos ha tocado pasar. La muerte de dos personas a las que adorabas por ejemplo, También ese bajón moral como consecuencia de una pérdida de material extremadamente importante para tus investigaciones. Un paseo por el centro de la ciudad y un chocolate caribeño fueron calmando la situación hasta acabar en risas lo que comenzó casi como tragedia. Junto a mí estabas el día en el que un cambio de nota de mano de un profesor competente hizo que acabara la carrera. Tampoco eso se me puede olvidar. Ese día me sentí muy feliz, y ahí estabas.
Hemos hablado mil veces de algunos de nuestros viajes, los tuyos mucho más impactantes que los míos. Al menos yo no he nadado entre delfines en el Caribe. Siempre llega una postal del lugar en el que estés, lo mismo que siempre está tu mano y tu hombro, justo como los míos. También nos cambiamos detalles de los viajes. Yo siempre llevo uno de ellos conmigo, los otros decoran lugares de nuestros dormitorios, ambos hemos podido verlo.
Nos hemos recriminado algunas cosas, más bien dicho lo que pensábamos en situaciones un tanto tensas o molestas, pero no nos cierra nadie la boca. Tú me riñes por algunas cosas que hago o digo, como mi excesiva forma de contar las cosas y cierta posesividad con algunos objetos. Yo me pongo del hígado al ver algunos comportamientos tímidos, que siendo sinceros, como algunas de mis rarezas hemos ido modificando, por haber conocido al otro.
Este post esta quedando eterno y seguramente un tanto pesado, pero para mí es sentimiento puro, pasión. Siguen llegándome a la cabeza mil y una cosas, mil y un momentos, historias, palabras, imágenes. Supongo que me pueda la susodicha pasión. Debería ir cortando, y quizás en alguna ocasión posterior, cuando haya una pequeña sequía mental, algo más acerca de cuanto hemos vivido juntos, cuanto hemos compartido.
Y aquí es cuando pienso, cuando caigo en la cuenta que desconoces la existencia de este blog. Y creo que por el momento así seguirá siendo. Que no leas mis palabras importa poco, porque me conoces tan bien que soy para ti transparente. Y sabes de antemano que voy a hacer o decir, que puedo contar, que está dentro de mí. Imagino que esto puede sonar a que me gustas y no me atrevo a decírtelo, pero no, no es así. No sería difícil que lo fuera, eres una mujer increíble, y gustas por el simple hecho de existir. Me consta que en muchos hombres que ambos conocemos has despertado esos sentimientos. Yo sin embargo te quiero, ya lo sabes, ya te lo he dicho varias veces. Y te quiero de una forma que no es sencillo explicar. Como dice esa dedicatoria, por ser, por estar, por existir. Y doy gracias de haberte conocido, de que compartamos algo tan hermoso como una verdadera amistad. Tan extraño entre un hombre y una mujer, pero tan real en nuestro caso.
Sólo y una vez más, como siempre desde lo más hondo de mi corazón, con absoluta sinceridad, me queda decirte GRACIAS.